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14 de julio de 2008

Ahora entiendo porque “Una piedra en el zapato”

Desde hace unos meses estoy tratando de encontrar la o las razones para que los periodistas seamos blanco de ataques verbales permanentes por parte del poder político gubernamental. En algunos momentos pensé que tendría razón y en otros no.

La respuesta me vino luego de leer el libro escrito por Diego Oquendo titulado “Piedra en el Zapato” y en el que relata algunos, muy pocos, de los acontecimientos alrededor de lo que podría llamarse atentados contra la libertad del libre ejercicio periodístico.

Diego Oquendo, insigne periodista que lo conocí, por supuesto de lejos, en los albores de mi adolescencia cuando era presentador de noticias en el ahora Teleamazonas, así como articulista en su columna “EL Gallo de la Catedral” y ahora como uno de los principales de radio Visión que transmite desde la ciudad de Quito – Ecuador. 

El libro en mención dice en su portada “Visión analítica del ejercicio periodístico y sus desencuentros con el poder”, y durante 476 páginas presenta un recuento de los diferentes atentados que han sufrido los periodistas en el ejercicio de sus funciones sociales y profesionales en gran parte del mundo, incluido Ecuador, según indica Oquendo con base en sus propios archivos. Durante la lectura pensé que tan solo me quedaría con el conocer de los hechos violentos en contra de periodistas y en forma cronológica, hasta que de una manera interesante de cada palabra del referido libro, me llevó hasta mostrarme los posibles orígenes de esos acontecimientos; digo posibles porque en estos casos las verdaderas razones, sean justificadas o no, quedan en el limbo de la verdad. 

Y es que el ejercicio del periodismo implica, en una parte, el mostrar las acciones del poder político, el fondo y la forma de gobierno, los entretelones de las grandes y pequeñas decisiones presupuestarias de los dineros públicos; en otras palabras, mostrar el lado oscuro del manejo de los intereses públicos, un lado que nunca debe existir pero que ahí está y es parte de nuestra diaria convivencia. 

Me refiero al lado oscuro para no mencionar una expresión que aun sigue en el limbo: corrupción, pues si mencionara aquello deberían existir más ejemplos de los que son demostrados y no es así. Decimos que la corrupción está suelta y que está a todo nivel, pero no se logra probar ni un 10% (cifra nacida de mi percepción, no tiene base estadística) de todos los supuestos casos que dicen que existe. 

Redacción ambigua porque así es el tratamiento que se le da a la corrupción. 

Entonces, cuando los periodistas le dan luz a ese lado oscuro es que se arman los problemas y son generalmente intimidados o atacados, se empieza con ellos, luego con sus fuentes de trabajo, con su familia y, en ocasiones, termina con la muerte de ese profesional. 

El poder político siempre tendrá “algo más” que ocultar y que no necesita que sea de conocimiento público. Al poder político siempre le causará malestar el hecho que le digan que no está cumpliendo bien su trabajo. Al poder político siempre le molestará que “un alguien” le siga los pasos sobre sus actuaciones y omisiones. 

También es verdad que muchos, en este caso léase periodistas o pseudos periodistas, quieren aprovecharse fraudulentamente cuando descubren ese “algo más” que el poder político quiere esconder, o que deciden no mostrar el mal trabajo del poder político a cambio de una prebenda, o no dar seguimiento a las actuaciones u omisiones del poder político. 

Lamento las generalizaciones periodísticas, pero en este punto y en referencia al libro de Diego Oquendo, ese tipo de prácticas son de conocimiento público y tan indemostrables como la llamada “corrupción”. A veces sí son denunciados y he visto algunos ejemplos en www.prensacorrupta.com 

Cuando un verdadero profesional del periodismo, cuando está debidamente apoyado por el medio de comunicación en el que presta su contingente laboral o por cuenta propia, decide asumir el reto de mostrar lo oculto del manejo del poder político, generalmente se sobrevienen una serie de ataques, bien frontales o bien tras terceros, para callar esa voz o romper esa pluma o romper la cámara del periodista o clausurar ese medio de comunicación en que trabaja el periodista. 

Pero cuando el poder político no tiene nada que esconder o cuando todo es ejecutado conforme las leyes y la legitimidad, no tiene que sucumbir ante la extorsión venga de donde venga. 

Por eso creo que es verdad cuando Diego Oquendo dice que nosotros los periodistas, en el adecuado ejercicio de nuestra profesión, somos una piedra en el zapato. Y ahora lo entiendo más que nunca.