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12 de agosto de 2018

Forjados como PUMAS y un reencuentro 30 años después

Fue en 1985 que decidí ingresar a un curso que cambiaría mi vida hacia un rumbo que jamás lo pensé, estaba recién graduado del colegio; un curso que me exigió fuerzas más allá de las que jamás pensé tener. 33 años después me reencontré con la promoción de ese curso.

En ese año me en listé en la milicia y la verdad que no sabía en lo que me estaba metiendo, solo seguí el instinto de la aventura de mis 20 años y desde Quito fui a parar a Guayaquil, a un cuartel que estaba al interior de lo que en ese entonces se lo conocía como el "5to. Guayas". Era una unidad de fuerzas especiales que estaba al servicio del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

No estaba solo en esta aventura, estaban al menos unos 500 más los que llegamos a esta unidad, allí nos esperaban otros tantos, mayoría de ellos exconscriptos (yo no la hice); entonces fuimos recibidos como la respectiva ceremonia en el Grupo de Fuerzas Especial 111 Rayo "PUMAS". Correr, formar, hostigamiento, sudor, dolor, gritos, presión y frases que hasta ahora me retumban: muchos los llamados pocos los elegidos o, no son merecedores ni del aire que respiran ni de la comida que se comen.

Había entrado a curso de alto rendimiento físico y psicológico, fueron tres meses de duro trabajo militar con el que se intentaba formar y forjar un tipo de soldados entrenados de una manera diferente a lo que tradicionalmente se hacía en el Ejército, Marina y Aviación individualmente; en un día a día que parecía no acabar fui conociendo a muchos de quienes serían mi promoción.

En cada uno de esos "día a día" otros reclutas se retiraban, el esfuerzo del cuerpo y de las limitaciones superaron su espíritu, se quebraron y se fueron. El resto seguíamos sin saber lo que nos esperaba al día siguiente.

No lo niego y lo reconozco, cada noche, al llegar al sitio destinado para dormir, lloraba de dolor y sufrimiento, me decía: "mañana me largo de esta pendeja, no tengo porqué aguantar tanta cosa"; el sueño me vencía y parecía que apenas había cerrado los ojos ciando ya se escuchaban los gritos de los instructores para que nos levantemos, era hora del trote y del regreso al esfuerzo que debían hacer ellos para doblegarnos.

En cada momento las lágrimas se me escapaban y mis compañeros me decían y me repetían: tranquilo, aguanta... todo pasa..., hacia caso y llegaba la noche simplemente para empezar todo nuevamente. hasta que en algún momento pude controlarme porque había aprendido a desprender el dolor del cuerpo ante la consigna que todo pasa.

En el primer final de este trabajo habíamos aprendido a trotar sin mayores esfuerzos casi 40 kilómetros, a caminar con 60 libras a la espalda a una velocidad de casi 6 kilómetros por hora, a sentir la derrota la física y moral para al mismo tiempo a no darnos por vencidos, vivimos el significado de morir sin haber muerto.

Llegó el momento de la graduación de soldados contratados, apenas unos 200 llegamos al momento en que nos entregaron la primera insignia, pero solo era un pequeño paso que nos permitiría descansar uno corto tiempo porque nos habíamos ganado el paso a otro curso que prometía ser más intenso y que requería de humanos con nervios templados e inmunes a los sentimientos que estuviesen fuera del uniforme, el fusil y la misión. Los sobrevivientes no sabíamos que estábamos siendo parte de otro capítulo de la historia militar de Ecuador.

La mayoría de nuestros instructores habían sido combatientes de Paquisha (1981) y ya habían hecho el curso de PUMAS, su experiencia en combate era la mejor metodología de enseñanza; en el entorno político el Ecuador estaba la presencia del grupo terrorista - delincuencial "Alfaro Vive... ¡Carajo!" (AVC). Una reseña se puede leer AQUI

En cada ejercicio en el terreno o en instrucción al interior de la unidad, se trabajaba con la presión que todo es real y nada es juego, que manejar armas y tener conocimientos tácticos operativos no era un pasatiempo; cada error nos costaba más horas de perfeccionamiento y acondicionamiento físico, además de los consabidos "teques" y medición del dolor.

Pasaron nueve meses de entrenamiento técnico - intelectual para combatientes de primera línea; si la memoria no me falla al día de la graduación apenas llegamos unos 150, pero aún faltaba más. Otro corto descanso y fuimos trasladados a Latacunga a la Brigada de Fuerzas Especiales "Patria", debíamos ganarnos una tercera insignia, la de paracaidistas de combate. Del calor tropical al frío andino, era desde ya la primera prueba y las siguientes vendrían en el costo de ganarse la Boina Roja a pesar que ya sobre nuestras cabezas lucía la Verde.

Nos graduamos al menos unos 100 de Pumas - Paracaidistas y regresamos a nuestra unidad, la vida cambió y debía empezar el momento de poner en práctica lo aprendido.

Las circunstancias y otros cursos me llevaron lejos de mi promoción, alguna vez me encontré por casualidad con algunos de ellos; nada más. Supe de ellos cuando en el 1995 nos movilizamos debido a lo que se conoció como La Guerra del Cenepa, ellos en unidades diferentes a la que yo estaba; allí me enteré de las bajas en combate de dos de mis amigos de promoción: el "mocho" Solís y el "cabezón" Villacis.

De allí para acá nada de nada, hasta que en el 2018, por mis temas de trabajo en el periodismo salude con mi Contraalmirante Aland Molestina, quien había sido nuestro oficial instructor, él a su vez me puso en contacto con mi promoción Adriano Montenegro y así fui reclutado nuevamente, pero esta vez en un grupo de WhatsApp; entonces supe nuevamente de mis excompañeros y así fui saludando y recordando a quienes supieron enseñarme el arte de sobrevivir con el "aguanta... todo pasa".

Para el 14 de julio de 2018 nos convocamos los soldados de la cuarta promoción de soldados PUMAS - Paracaidista, de quienes en un momento de la vida pertenecimos o a la Armada, a la FAE o al Ejército, pues en el 111 Rayo nacimos y criamos juntos pero dependíamos a cada una de las fuerzas.

Los que asistimos ya estamos en el servicio pasivo, los volví a saludar y tuvimos una gran reunión de conversas, recuerdos, actualización de la vida, preguntas y respuestas sobre lo que pasamos cuando hicimos los cursos, remembranzas de los instructores y memorias de quienes ya murieron o bien en servicio o bien por enfermedades.

Para el día de la reunión ya no somos los jóvenes que cruzamos por primera vez la garita del 111 Rayo, estamos sobre los 50 años -la mayoría- muchos con nietos... pero vi en ellos los mismos rostros de esos días de entrenamiento, de esas largas jornadas aprendiendo tomas de playa o de caminar en medio de la oscuridad. Allí estaban luego de más de 30 años mis compañeros de armas.

En este grupo virtual empezaron a subirse fotos de de aquellos tiempos, de cuando solo existían las de papel y poco a poco se fueron construyendo remembranzas, con nombre y apellidos, apodos y anécdotas de todo tipo.
Fue como regresar al pasado con los rostros del presente, con el cúmulo de experiencias que habíamos adquirido o bien como militares o bien como civiles; las frases y dichos de esos tiempos, las bromas y las palabrotas que jamás se perdieron del léxico normal.

Hicimos comparaciones entre lo que fue esa época y lo que ahora se hace, la política no estuvo alejada de las pláticas, ni tampoco las nuevas formas de entrenarse militarmente, las andanzas en los pases obligados. Recordamos que un día fuimos soldados que pasamos del "verde fatiga" al especial uniforme camuflaje.

Historia de las Fuerzas Especiales del Ejército Ecuatoriano
Pág. 86 y 87
Cuando llego a esta parte de esta crónica, siento el orgullo de haber pertenecido a ese grupo de PUMAS y que la única forma de honrar a mis compañeros es ir recordando y recopilando nuestras historias para que no se pierdan, para que ese capítulo, nuestro capítulo, sea incorporado en los diferentes textos que recopila la Academia Nacional de Historia Militar - Ecuador.

Lograr este objetivo, al igual que toda operación militar que realizamos los soldados de Fuerzas Especiales, depende de la velocidad y la efectividad.

Pero por ahora, me quedo con las memorias de mis compañeros de la Cuarta Promoción de PUMAS, graduados en el GFE 111 RAYO. 

29 de octubre de 2008

Legión de la Vieja Calavera


El planeta Tierra es maravilloso. El intangible cielo es mágico. Lo maravilloso y lo mágico se junta cuando existe la oportunidad de volar. Se vuela en avión pero no se siente ni el viento ni el olor del cielo y la tierra. Para eso existe el paracaidismo.

Saltar de un avión, ser paracaidista, es una experiencia única. Hoy abundan los paracaidistas civiles y militares; hoy 29 de octubre de 2008 escribo este artículo en memoria de quienes usan o tuvimos el honor de usar la Boina Roja. Y es que la Boina Roja es un símbolo del paracaidista militar ecuatoriano y tras de ello hay toda una filosofía de vida, también mitos y verdades.

Yo conocí esa vida y soy testigo. La historia de esta fecha está marcada en el calendario, lo resumo muy brevemente, cuando el 29 de octubre de 1956 en Salinas, ahora provincia de Santa Elena, desde un avión de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, varios soldados que habían recibido un fuerte entrenamiento realizaron los primeros saltos de paracaidismo en Ecuador; para esto en 1995 se estableció la Escuela de Paracaidismo que con el perfeccionamiento del Ejército Ecuatoriano, pasó a ser la Brigada de Fuerzas Especiales.

Ostentar las alas en el uniforme y lucir la Boina Roja no es por solo hecho de haber saltado de un avión, requiere que el aspirante a paracaidista se prepare físicamente por lo que debe practicar a diario gimnasia, natación y trotar, hasta que el cuerpo se adapte al esfuerzo supremo.

Además debe instruirse en el manejo del paracaídas, su funcionamiento, los riesgos existentes y sus posibles soluciones, el impulso al vacío, la rodada (aterrizaje) y las reglas de seguridad; siempre considerando las estrategias de combate, porque un soldado no puede desprenderse ni de su fusil, ni de las municiones y peor de su mochila, todo indispensable para un combatiente. Una cosa es saltar solo con paracaídas y otra con el armamento completo.

Solo cuando se salta como soldado y se topa tierra es que se conoce al verdadero paracaidista, solo en ese momento es que se reconoce que el entrenamiento y los esfuerzos físicos y mentales han sido útiles.

Y bueno, en este tema hay mitos, leyendas y verdades; por ejemplo, se especula que este grupo de combatientes, los paracaidistas, son despiadados y otros atributos deshumanizados, pues no, ese es un mito que ha nacido de otras realidades no las de los soldados ecuatorianos. Son humanos con sentimientos pero altamente entrenados para cumplir la misión asignada y que vive con la convicción de que las tropas paracaidistas nunca mueren, solo van al infierno a reagruparse.


La leyenda que los paracaidistas no le tienen miedo a la muerte es una realidad pues están convencidos que es preferible muertos pero jamás vencidos; una verdad es que la misión encomendada a los paracaidistas, en tiempos de paz y de guerra, no depende de un solo hombre, por lo que deben cultivar la verdadera camaradería.

Otra de las leyendas interesantes de los paracaidistas es sobre la Oración del Paracaidista, y cuentan que en el bolsillo de un anónimo paracaidista francés muerto durante la Segunda Guerra Mundial, se encontró un manuscrito que resume todo lo el significado de paracaidista; esta Oración es parte de los ritos militares y se la recita con ferviente idealismo y coraje. Esta Oración dice:
 
Dadme mi Dios lo que te resta, dadme lo que jamás nadie te pide 
Yo no te pido el descanso ni la tranquilidad del alma ni del cuerpo.


Yo no te pido la riqueza ni el éxito, ni siquiera la salud 
Todo eso mi Dios te piden tanto que no debes tener más 
Dadme mi Dios lo que resta, dadme lo que la gente rechaza.

Yo quiero la inseguridad y la preocupación 
Yo quiero la tormenta y la fatiga 
y que tu me la des mi Dios definitivamente.


Que yo esté seguro de siempre tenerlas,
porque no siempre tendría el coraje para pedírtelas.

Dadme mi Dios lo que los demás no quieren,
pero dadme también
el coraje, la fuerza y la fe.
 

En definitiva un soldado paracaidista requiere de una gran fortaleza física, una mística de trabajo, acérrimo defensor de la Patria; caballeros de la paz y demonios de la guerra, a sabiendas que la disciplina y la consciente obediencia son base de la efectividad.

Y es que estos soldados saben que nunca deben hablar en público de su misión, actuar pensando que primero el fusil y luego el resto; sobre todo el cuidar el equipo por que de él depende la vida.

Día a día estos soldados, como yo lo hice en mi época al igual que otros cientos de paracaidistas que en cada momento de su vida, trabajamos por hacer más grande a Ecuador, siempre listos para afrontar cualquier adversidad que afecte a los ciudadanos civiles o la nación. Su valor está toda prueba al igual que su patriotismo.  

Salud en su día compañeros de la Legión de la Vieja Calavera.