16 de agosto de 2026

Pa', mi última carta para ti

Pa' luego de mucho tiempo te vuelvo a escribir y no es porque te he olvidado, es que tú sabes lo que hemos pasado con la Gaya en los últimos años, lo que me ha quitado esa nostalgia que inspiraba mis palabras teniendo a cambio esos momentos de inmensa alegría y otros de grandes preocupaciones; además Pa', recuerda que durante todos estos últimos 25 años siempre te estuve preguntando ¿Qué hago? en esas situaciones complejas que he debido afrontar y tú jamás dejaste de contestar.

Foto de archivo de Raúl Zavala Orlando,
posiblemente tomada en Machala, año 1982.

Esta vez te escribo esta carta por otro tipo de nostalgia que me embarga desde hace ya dos semanas, lo uno por la alegría de saber que tu y Madre han vuelto a estar juntos y lo otro por la tristeza de ya no tenerla en la casa, pero a sabiendas que es parte del arte de saber vivir a plenitud.

Lo que no me gustaría que pienses Pa' es que con esta nueva realidad que estoy viviendo abandonaré tu "Puerto Zavala" y el cual Madre disfrutó en sus años en que ya por fin pudo alejarse de sus obligaciones laborales y que, con el apoyo que tú le dejaste, encaminó cada uno de sus esfuerzos para completar el sueño que compartieron y construyeron juntos. 

Y sí, sí puedes estar seguro que cumplí mi promesa de aquel 31 de marzo de 2002, cuando con tu último aliento gritaste llamando a la Gaya, no sin antes pedirme que la cuide.

Ahora estoy en una transición bastante compleja que me recuerda mucho las que tu también afrontaste en las diferentes etapas de la vida y de las que supe por las conversaciones con Madre; sé de tu vida militar, de cuando fuiste marinero mercante, de tus estudios para convertirte en contador público, de trabajo en un museo de Quito, de tu paso por la Contraloría y luego asesor en distintas instituciones públicas de Manabí, así que esas historias son ahora mi guía para superar los cambios drásticos que estoy afrontando.

Además Pa', para mi es importante decirte que en mi memoria están guardados los grandes momentos cuando estuve en graves problemas, tú estuviste allí apoyando, gestionando, buscando, soluciones para evitar mis dolores y sufrimientos, unas veces presente físicamente, en otras orientando y solventando financieramente a Madre. Pero hay más, no sé que habría sido de mi vida si es que no me hubieses enseñado a leer, escribir y matemáticas más allá de lo que en la escuela y el colegio aprendí o me quisieron enseñar.

Sin embargo, este nuevo problema en el que ahora estoy embarcado me está obligando a repensar mi accionar sin perder el rumbo, aunque ya tampoco esté presente Madre que, de una u otra manera y por mucho tiempo, fue la razón de la gran parte de mis pasos, de mis decisiones. El asunto se me complica un poco más porque ya no tengo la fuerza física que me permitía hacer frente a muchas adversidades de aquel entonces, pero a cambio tengo otro tipo de sensatez que estoy aprendiendo a usarla y quizás, por eso, esté todavía desorientado.

Me preocupa el tiempo, sí Pa', el tiempo que podría tener disponible en el presente y futuro para que mis pensamientos estén encaminados hacia la transformación que tengo la ineludible responsabilidad de experimentar.

Debo decirte que esta es mi última carta que te hago llegar, pues de ahora en adelante las escribiré para que tu y Madre las lean juntos. Nunca pensé que al confesarte esto lloraría como un niño...

Pá, te extraño siempre: tu hijo Raúl.

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28 de julio de 2026

Mis tres primeros años de los 60

Ayer 27 de julio de 2026 fue mi cumpleaños número 63 que rompió mi esquema de celebraciones con mucho ruido, alegrías y expectativas, esta vez fue con más silencio y solidaridad ante la crisis de salud de Madre. Mi actividad fue de las normales en este nuevo estilo de vida en que hay un privilegio muy marcado de una normalidad dinámica. Por primera vez en décadas no estuvieron presentes las cariñosas palabras de Madre, ni sus planes para armar una buena comida y en medio de lágrimas recordé, tal vez, nuestro último brindis.

El primer brindis con madre en el almuerzo del primer día del 2026

Desde que tengo uso de razón un patrón se ha cumplido cada década: el cambio en la manera de afrontar mi supervivencia, bien sea cambios laborales o aspectos sociales o por migración hacia otras latitudes al interior de Ecuador y ahora ocurrió cuando decidí radicarme en Puerto Cayo, como parte de recuperar la tranquilidad y en apoyo a mi Madre que ya no quería vivir su vida de jubilada en Portoviejo.

Ayer cumplí 63 años y a los 60 abandoné el ejercicio del periodismo, Madre ya había tenido su primera crisis de salud cuando tuvo un cuadro de hiperglucemia y tuvo que ser hospitalizada de urgencia y como resultado es que debía cuidar su dieta, hacer ejercicios y, sobre todo, aprender a usar la insulina; entonces, tuve que reacomodar lo que había construido en las tres últimas décadas desde que cambié mi residencia de Quito a Portoviejo. 

Mi paso por esta vida rural también me ha sido una magnifica experiencia para profundizar y abandonar muchas de mis percepciones, porque ser ciudadano de estos sectores es aceptar que se es de segunda categoría, en que los servicios públicos y algunos privados son y se sienten como si fuesen dádivas, como si se debiera agradecer y hasta ensalzar cuando se imponen planes, programas y proyectos desde escritorios lejanos. Conocer que a las obras públicas se las puede catalogar como "peor es nada".

En este caminar de 48 meses me llevó a relacionarme con la playa por misticismo y seguridad, por que es el patio delantero de casa, parte de mi barrio; aprendí que existen maneras de magnificarla mientras se la destruye. Este espacio de arena y olas resultó ser un objeto paisajístico de explotación financiera y política.

Descubrí también que es un gran gimnasio marino costero, un gran consultorio para cuando la los problemas agobian y perturban la mente, un lugar ideal para meditar con las melodías que vienen de las olas al reventar para luego correr hacia la playa; aquí, donde se anclan las ilusiones y los sueños y los esfuerzos de mis padres.

Ayer cumplí 63 años, los planes del pasado ya no existen, los del presente los construyo en el día a día, porque vivir y sobrevivir frente al mar es un constante trabajo para evitar que la casa se destruya que me dio la gran oportunidad de poner en práctica los pocos o muchos trabajos de mantenimiento domiciliario: me convertí en recluta de la albañilería, carpintería, electricidad, jardinería, enfermería... también en un "Esperancito" profesional.

Al final de los 62, resumo, he perdido y vendido muchos de mis tesoros, muchas de esas "cosas" que eran parte de un forma de vida; al mismo tiempo, he logrado mantener mis blogs, los libros que llevan autógrafo y emociones del significado de "Puerto Zavala" según el nombre que mi viejo le dio a esta casa. Y claro, gané una gran amistad con Gala, una mascota de raza Askal (fina pero sin pedigrí) que adopté luego de al menos 50 décadas de no tener ninguna. 

¿Qué si tengo planes para el nuevo recorrido? Sí, algunos, de esos que me implican seguir existiendo como ser humano, como persona. 

Al final de la medianoche del 28 de julio de 2026, me doy cuenta que recién he llegado al inicio de la senda que me conduce, o debería conducirme, hacia el inicio de mis 64 años de permanencia en este planeta Tierra.

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20 de julio de 2026

La flecha de oro que me movió el piso

Mi siempre recordada @Aleth_B, que no te sorprenda te vuelva a escribir luego de 12 años y lo hago como aquel que, habiendo recibido una flecha certera en medio de su camino, se detiene no para quejarse del dolor, sino para examinar la punta que lo hirió y descubrir que era de oro, a pesar de que el primer impulso fue de dolor, de sorpresa, quizás hasta miedo. 

Cuando me dijiste que la cordura puede ser engañosa, porque muchas veces no es más que el arte de forzarse a lo que no surge naturalmente, sentí el suelo moverse bajo mis pies, me quedé sin piso. Yo, que siempre he desdeñado la paciencia como una virtud de los resignados, había hecho de la cordura mi principal guía; creía firmemente que era la voz firme de la razón, el escudo del hombre que actúa con prudencia. Tú, con unas pocas palabras, me obligaste a preguntarme si aquella guía no se había convertido, en ocasiones, en una cadena disfrazada de virtud.

Como los antiguos que dialogan sin internet en un cafetín, he reflexionado largamente sobre tu observación y he llegado a distinguir con mayor nitidez dos cosas que antes confundía: la cordura que me pertenece es herramienta personal e intransferible, es la disciplina con la que ordeno mis propios pasos, el discernimiento que aplico a mis decisiones y la firmeza que cultivo para no extraviarme; por tanto, sigue siendo mi aliada valiosa.

Pero cuando se trata de la realidad de otros, especialmente del proceso que hoy vive Madre, esa misma cordura, si se impone, se vuelve tirana, entonces no ilumina: oscurece, por lo que allí no requiero mi prudencia forzada, sino la claridad desnuda, “ver las cosas como son y no como deberían ser” según las enseñanzas de mi viejo; observar sin adornos la fractura, la prótesis, los males del páncreas y la bilis, el cansancio profundo, el lento camino de recuperación y la serena dignidad con que Madre enfrenta cada día. Descubro entonces que no hay “debería recuperarse más rápido” ni tampoco “debería yo manejar esto sin perder mi cordura” porque solo está lo que es.

Tú me ayudaste a recolocar la piedra angular en estos trances propios de la vida y me recordaste que la verdadera prudencia no consiste en forzar al río a correr según nuestro mapa, sino en leer correctamente su cauce actual y navegarlo con los ojos abiertos. Esa distinción entre cordura personal y claridad ante la realidad ajena es una “recomendación” nacida de tus lecturas, de tus experiencias, que sigo contemplando.

Por ello, @Aleth_B, sirva esta carta para decirte ¡¡Gracias!! nuevamente, por esa guía terrenal, que no impone doctrina, sino que enciende luces; además, tus palabras, reconozco, no me quitaron piso como al principio creí, me obligaron a construir uno más firme, más libre y más acorde con lo que realmente necesito.

Estas letras son, también, para ratificarme cuando digo, una y otras tantas veces más, que detesto cuando tienes la razón.

Por cierto, ahora esa flecha de oro se ha convertido en mi amuleto.

Con sinceridad: Raúl.

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19 de julio de 2026

La brecha digital rural (V)

En un nuevo capítulo de la serie "¿Y de lo rural qué...? en la edición impresa de El Diario del domingo 19 de julio de 2027, que se edita en Portoviejo - Manabí, se publicó otro artículo de mi autoría relacionado con los claros oscuros que muchas personas enfrentamos en temas de tecnología y el acceso a las nuevas formas de tramitología virtual. A continuación la transcripción del mencionado artículo.

Título original: La brecha digital rural

Hasta hace poco no sabía que existían los “educadores digitales” y me enteré por una noticia del Ministerio de Educación: están entregando kits tecnológicos (portátiles y otros recursos) a docentes de escuelas unidocentes y bidocentes en zonas rurales. Me alegré… pero inmediatamente pregunté: ¿y el resto?

En muchas cabeceras parroquiales, comunidades y caseríos de Manabí y seguramente en muchas partes del Ecuador la realidad sigue siendo otra. Hay lugares donde todavía hay que “subir a la loma” para captar una señal débil o simplemente no hay conexión. Mientras en la ciudad se hace todo por internet (turnos médicos, trámites, transferencias, clases), en el campo muchas veces seguimos en la era analógica.

Es cierto que la fibra óptica avanza en cabeceras parroquiales y las empresas móviles amplían cobertura; sin embargo, en muchas comunidades y caseríos de Manabí la realidad es otra: señal débil, cortes frecuentes o simplemente ninguna conexión estable, además que el problema es aún más profundo porque existe una brecha entre los educadores digitales y la población rural con analfabetismo funcional.

Mientras muchos tenemos teléfonos de baja calidad, poca familiaridad con las aplicaciones y complicaciones para usar los trámites institucionales en línea, un docente recibe un kit tecnológico, pero un agricultor, una madre o un jubilado rural lucha por entender una app del Gobierno, sacar un turno médico o vender su producto en una plataforma.

Entonces, esta brecha no es solo de antenas y megas, es humana en lo generacional por los abuelos y muchos jubilados, en lo cultural por las costumbres y el miedo a lo nuevo, también educativa por niños y jóvenes compitiendo en desventaja. Un agricultor no puede vender su producto fácilmente en plataformas digitales, una madre no saca turno médico con un clic, y un estudiante rural lucha por entregar tareas o investigar.

Es cierto que hay esfuerzos: kits tecnológicos, puntos digitales y programas del Ministerio y otras instituciones, pero parecen gotas en un océano de desconexión; la diferencia entre el campo y la ciudad en acceso a internet sigue siendo grande, y en los caseríos más apartados es abismal, sobre todo cuando la mayoría de la población rural no puede usar efectivamente las herramientas digitales

Necesitamos una estrategia real: infraestructura adecuada, capacitación sencilla para todas las edades y aplicaciones institucionales amigables y accesibles; porque mientras sigamos con esta desconexión entre lo que se ofrece y lo que realmente podemos usar, seguiremos siendo ciudadanos de segunda categoría en pleno siglo XXI.

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16 de julio de 2026

Madre y mis reflexiones frente al mar

A esta hora reflexiono, medito, cuestiono, mi nueva normalidad dinámica en que se ha convertido la vida en este tranquilo barrio rural y frente al mar. Con madre han sido complicados y complejos los últimos cuatro meses enfrentado sus crisis de salud, meditando en lo ocurrido recordé que en algún rato supe que esto debía pasar tarde o temprano; ahora lo asumo como parte del proceso de vivir.

Locación: Puerto Cayo - Jipijapa

Así que las siguientes horas y días son parte de este proceso, como tal hay que conocer de qué manera enfrenté los anteriores y cómo los enfrentaré en cada jornada. Sobre todo debo también visualizar los impactos colaterales.

Reflexiones que las hago mientras cumplo mis tareas domiciliarias.
Reflexiones que me sirven para tomar decisiones razonadas.
Reflexiones que me son útiles para priorizar las actividades propias de este proceso.
Reflexiones para esta nueva normalidad dinámica.

Domingo cerca de la mediana noche y aquí estoy evaluando estos últimos 7 días, revisando aciertos, errores y fallas, alegrías, tristezas, angustias, apoyos, gastos y momentos de tranquilidad.

La recompensa inesperada: madre está tranquila y lúcida.

Cerca de medianoche, con café y un cigarrillo, pienso en los esfuerzos de mis hermanos para socorrer a madre, sé que para ellos no es fácil estar a casi 9 horas de Puerto Cayo, con sus trabajos y sus obligaciones, aún así estuvieron presentes.
Son las otras manos de tranquilidad.

Cerca de la medianoche, incienso y música relajante me acompañan en recordar otra gran preocupación que embargó mis días mientras madre ha permanecido hospitalizada: nuestra mascota y la casa. 
Jodel, el joven que es apoyo eventual domiciliario se comportó a la altura.

Cerca de median noche y repaso las nuevas obligaciones domiciliarias que tengo, mis compromisos, mis tareas barriales y profesionales, las finanzas de supervivencia, la logística de alimentación... mi propia salud.

Cerca de medianoche y ante mis ojos están la silla de ruedas y el andador de madre, sus bastones, a mi memoria acuden los recuerdos vividos con madre a partir de la muerte de viejo, el terremoto, la pandemia, la transición de su jubilación y la decisión de venir a Puerto Cayo.

Cerca de medianoche, con mi pasado a cuestas, estoy convencido que el destino me estuvo entrenando para lo que me tocaba vivir este 2026. Me pregunto qué hubiese pasado si es que no hubiese aprendido tantos oficios y menesteres, si no hubiera aprendido a tomar decisiones.

Me son tiempos para caminar entre piedras y matorrales, de navegar en mares turbulentos, de volar con lastres... es parte de haber vivido, de existir.

Oficialmente ha terminado el domingo... mi domingo, y aquí estoy escuchando el reventar de las olas sin poder ver el mar, sé que mañana allí estará y conversaré con las diosas de las aguas, les debo una ofrenda.

Como otro resultado de mis reflexiones frente a los problemas de salud física de madre: debo tener cuidado y no caer en los efectos de "la hipótesis del mundo justo", porque eso me haría distraer del real y necesario objetivo que tanto ella como yo tenemos.

Estoy seguro que las "cosas" malas les ocurren tanto a las personas buenas como malas por igual, porque la vida no distingue ni reparte "con justicia". Además, las adversidades en la salud de madre no son un castigo "divino" ni una anomalía universal.

¿Por qué de mis reflexiones frente al mal estado de salud de madre?

Porque cuidarla y asistirla no son de una mera buena intención, son de alta responsabilidad que me involucran como hijo y, por tanto, estoy expuesto a situaciones que afecten o me hagan perder la cordura.

¿Cuánto tiempo dura el proceso del amanecer? Pues dependerá de la hora en que despierte y las tareas que deberé cumplir antes que el Sol vuelva a ocultarse.

Y sigo... no vale la pena detenerse, a menos que sea para admirar el paisaje o tomar aliento.

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