1 de octubre de 2026

Silvia Buendía, un alma que no se doblegó ante poder

Había en Guayaquil una mujer que escribía como quien abre una ventana de golpe. De lejos la pude conocer, la vi combatir y resistir, no se fue en silencio. Durante más de una década y media, su voz fue una de las más constantes, punzantes y difíciles de ignorar en el Ecuador contemporáneo. Este es mi homenaje a Silvia Buendía.

En la vasta y tumultuosa ágora de X, donde las voces se agolpan como en las antiguas plazas de Atenas o Roma, resonó con estrépito la nueva de que aquella mujer de espíritu indomable y pluma afilada como espada toledana, había abandonado las orillas de este mundo el 24 de agosto de 2026. No fue un rumor tímido ni un susurro pasajero; fue un clamor que se propagó de cuenta en cuenta, de corazón en corazón, despertando ecos de dolor, de admiración y, también, de aquella amargura que siempre acompaña a las almas que no se doblegaron ante el poder ni ante la hipocresía.

He aquí que la cuenta de La Historia proclamó con solemne concisión: "Que en paz descanse. La abogada y activista por los Derechos Humanos, Silvia Buendía, murió a los 57 años en Guayaquil". Aquel mensaje, austero como un epitafio romano, se multiplicó por centenares de corazones, alcanzando miles de miradas y despertando una oleada de reposts que parecían el murmullo colectivo de una nación que, de pronto, se reconocía huérfana de una de sus voces más firmes. No fue mera noticia, fue el anuncio de que una antorcha se había extinguido, dejando penumbra donde antes hubo luz combativa.

Fue @silvitabuendia abogada de profesión, con casi cien mil seguidores que la leían, la amaban y la detestaban, pero la leían; feminista sin disfraces y defensora inquebrantable de los derechos de las personas LGBTI, convirtió a Twitter en su plaza pública. Allí no pedía permiso. Escribió con la urgencia de quien sabe que el silencio también es una forma de violencia. 

Nacida el 9 de octubre de 1967, en la misma ciudad y bajo el mismo cielo que, 147 años antes, había proclamado su independencia del dominio español; aquella fecha insigne para Guayaquil y para todo el Ecuador no parece mera coincidencia del calendario, sino una suerte de presagio o de herencia simbólica de quien dedicaría su vida a romper cadenas de otra índole, las del prejuicio, la discriminación, el silencio impuesto a las mujeres y a las diversidades. Vino al mundo precisamente el día en que su tierra natal se atrevió a decir "libertad", como si el espíritu libertario de 1820 se hubiese reencarnado, siglos después, en una guayaquileña de voz afilada y voluntad indómita, dispuesta a conquistar, esta vez no territorios, sino derechos.

Detrás de la activista que no se callaba había una mujer que leía mucho, escribía a veces y defendía, con la misma intensidad, la maternidad deseada y la libertad de no desearla.

No todo el mundo la celebraba. Hubo quienes la encontraban demasiado frontal, demasiado segura de sí misma, demasiado poco dispuesta a suavizar el golpe, generaba “haters” con la misma facilidad con que generaba aliados. Algunos la acusaban de radicalismo, otros de no ceder nunca terreno, no se disculpaba por existir con vehemencia. "No me gusta disfrazarme" dijo alguna vez. Y no se disfrazó.

En los medios de comunicación dejó una huella perdurable como columnista de El Telégrafo, Extra y otros, se consolidó en su rol de conductora y panelista en programas como Así Somos (Ecuavisa) y Ventana Ciudadana (Ecuador TV), espacios desde los que llevó al debate cotidiano temas que durante años se consideraron marginales o incómodos. Militó en el movimiento Ruptura de los 25, fue candidata a la Asamblea Nacional por Guayas, se vinculó después al Movimiento Construye y formó parte de la Comisión Nacional Anticorrupción desde el 2017. En sus últimos años impulsó iniciativas de mediación y educación para la paz. 

El legado de Silvia Buendía no se agota en una sentencia constitucional ni en una columna, consiste, sobre todo, en haber contribuido a que los derechos de las mujeres y de las personas LGBTI dejaran de ser temas de nicho para convertirse en parte del lenguaje público y político de Ecuador. Demostró que el derecho puede ser una herramienta de disputa contra la desigualdad y que el activismo puede combinar rigor jurídico, presencia mediática y convicción ética sin renunciar a la cercanía ni al humor.

Su voz ayudó a normalizar conversaciones que antes se silenciaban y a abrir caminos para nuevas generaciones de activistas, abogadas y comunicadoras. En un país donde los avances en igualdad siguen siendo frágiles y controvertidos, su trayectoria permanece como un referente de coherencia: la de alguien que entendió que la lucha por los derechos humanos no termina con una victoria legal, sino que exige vigilancia permanente contra la discriminación cotidiana.

¡He aquí la verdadera apología! No la de la adulación servil, sino la de la verdad desnuda, la de una mujer que no se contentó con predicar desde la comodidad, sino que descendió a la arena, expuso su pecho a las flechas del prejuicio y forjó, con su constancia, un Ecuador menos oscuro, menos injusto, menos indigno de sí mismo.

Conmoción y testimonios

La actriz Érika Vélez, amiga entrañable de la desaparecida, elevó su lamento con la pasión de quien ha perdido no solo a una compañera, sino a una parte de su propio ser. "Te voy a extrañar esta y mil vidas más", escribió, y en otro momento, con la noble contradicción del afecto verdadero: "Odio decir adiós porque para mí tú no te has ido". ¡Oh, palabras dignas de ser grabadas en mármol! En ellas se oye el latido de una amistad que trasciende la muerte, esa amistad que Montalvo mismo hubiera celebrado como una de las virtudes más altas del espíritu humano, capaz de desafiar al sepulcro y de afirmar que los justos no mueren del todo mientras haya quien los recuerde con fidelidad.

No menos elocuente fue la periodista Sara España, quien, con la contundencia de quien juzga no con lisonja sino con justicia, afirmó que Silvia "no solo era una reconocida activista por los derechos de las mujeres. No solo fue una voz. Hizo que Ecuador fuera un país mejor". Añadió que se peleó donde hiciera falta, con quien hiciera falta, cuando nadie daba la cara por las mujeres. 

Entre las voces más conmovedoras se alzó la de quienes la llamaron "madre intelectual". Una tuitera, con la sinceridad que solo nace del agradecimiento profundo, confesó haberla admirado desde que la vio incomodar a un Ecuador profundamente curuchupa, hablando sin pedir perdón de aborto, de derechos LGBTI, de sexo, de ateísmo y de corrupción. Mientras otros argumentaban "porque Dios" o "porque la Biblia", ella argumentaba con la razón y la dignidad humana. 

¡Qué contraste más elocuente entre la fe viva que se traduce en justicia y la fe muerta que se esconde tras dogmas para oprimir! Así hablaban quienes encontraron en sus palabras no solo doctrina, sino ejemplo de valor civil.

Hubo también quienes, aun reconociendo profundas diferencias ideológicas, se inclinaron ante su memoria con la hidalguía que distingue a las almas nobles. "Siempre fue leal a sus ideas, con altura y respeto… siempre admiré eso de ella", escribió uno; otro, con la franqueza que tanto escasea en estos tiempos: "No coincido conceptualmente con Silvia Buendía en muchas cosas. No obstante, es imposible no reconocer su trabajo y activismo en favor de muchos colectivos". 

¡Bendita sea la mano que, en medio de la discordia, sabe tenderse para saludar al adversario digno! Porque solo los espíritus mezquinos se regodean en la caída del contrario; los grandes reconocen el mérito aun cuando el pensamiento diverja.

No faltaron, como era de esperarse en esta arena digital donde se mezclan la grandeza y la pequeñez, las voces agrias de quienes, en nombre de un dios de amor, sembraron palabras de rencor. Algunos se regodearon en condenar su defensa del aborto o de los derechos de las minorías sexuales, olvidando que la caridad verdadera no se complace en el dolor ajeno. Frente a ellos, otros respondieron con indignación justa: ¿Cómo pueden quienes predican misericordia mostrar tanta dureza ante la muerte de una mujer que luchó, aunque fuera por causas que ellos detestan? Así se reveló, una vez más, la eterna lucha entre la generosidad del alma grande y la estrechez del alma pequeña.

Y no se limitaron las reacciones a los grandes nombres. Una madre, Yadira Labanda, cuyo corazón llevaba la herida de la desaparición de su hija, recordó con gratitud infinita cómo Silvia, sin conocerla de antemano, escribió sobre su caso y le ofreció ayuda. "Nunca olvidaré lo que hiciste por nosotras. Descansa en paz, tu legado permanecerá". 

Así, en las horas que siguieron a su partida, X se convirtió en un gran libro abierto donde se escribían, con tinta de emoción y de verdad, las páginas de un adiós colectivo. Unos lloraban a la amiga, otros a la maestra, otros a la adversaria respetable, y todos, en mayor o menor grado, reconocían que algo esencial se había extinguido en el debate público ecuatoriano. Porque cuando una voz como la de Silvia Buendía calla, no solo se pierde una persona: se pierde un contrapeso, una conciencia inquieta, una antorcha que, aun en medio de la polémica y el rechazo, iluminaba los rincones más oscuros de nuestra sociedad. Y esa pérdida, en la pluma de quienes la sintieron de veras, se elevó a la categoría de lamento nacional, digno de ser recordado por las generaciones venideras.

Un nuevo Ecuador sin Silvia

Si ella, Silvia Buendía, hubiese seguido siendo aquella tuitera incansable y activista de mirada aguda que no concedía tregua al poder, el Ecuador político de 2026, gobernado por Daniel Noboa bajo el signo de la "mano fuerte" y de sucesivos estados de excepción, habría contado con una voz permanente de contrapeso moral y jurídico. 

En medio de la violencia que aún desangra provincias enteras, de las prórrogas de facultades extraordinarias y de las sospechas de erosión democrática que ya pesan sobre la suspensión de partidos opositores y el control creciente sobre la sociedad civil, sus tuits habrían llovido como flechas certeras denunciando no solo al crimen organizado, sino también los excesos del Estado, los riesgos de criminalizar la protesta bajo el amplio paraguas del “extremismo violento” y la tentación de sacrificar derechos en nombre de la seguridad. 

Silvia habría insistido, con la misma vehemencia de antaño, en que la lucha contra las bandas no puede convertirse en pretexto para silenciar a las mujeres, a las diversidades ni a quienes exigen transparencia; habría convertido cada nuevo decreto de excepción en objeto de escrutinio público, y cada silencio oficial ante los femicidios o las amenazas a activistas en motivo de indignación colectiva.

En ese Ecuador, la conversación digital no habría quedado tan dominada por el miedo o por la polarización simplificada entre “mano dura” y “permisividad”. Buendía, desde su cuenta habría obligado a los actores políticos del oficialismo y de la oposición, a posicionarse con claridad sobre los derechos que ella consideraba innegociables: la autonomía de las mujeres, la dignidad de las personas LGBTI, la libertad de expresión en tiempos de crisis. 

Su presencia constante habría mantenido vivos debates que hoy tienden a relegarse frente a la urgencia de la seguridad, recordando que un país que dice derrotar al narcotráfico pero pierde su capacidad de disentir y de proteger a los más vulnerables no ha ganado la paz, sino solo una tregua moralmente costosa. Así, el escenario político actual habría sido, sin duda, más áspero, más confrontativo y, al mismo tiempo, más vigilado por una conciencia pública que ella se empeñaba en no dejar dormir.

¡He aquí el verdadero juicio de la historia! No el de las multitudes ruidosas, sino el de las vidas concretas que fueron tocadas por su generosidad. Abogadas compañeras de lucha, periodistas que compartieron debates, activistas que marcharon a su lado, todas elevaron su voz para decir que su ingenio, su risa, su terquedad generosa y su bandera de arcoíris quedaban grabados en la memoria colectiva.

Estuvo casada con Carlos Lasso durante casi tres décadas y madre de Carlos Javier y Adriana Elena. Los restos de Silvia Buendía fueron velados el martes 25 de agosto de 2026 en el Parque de la Paz de La Aurora en Daule.

Su partida cierra una etapa del activismo ecuatoriano, pero deja abierta una historia que muchas personas seguirán escribiendo.

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22 de septiembre de 2026

Mi plan es no evacuar

Cuando madre vivía en su casa frente a la playa siempre estuvimos conscientes de que en algún momento tendríamos que enfrentar un tsunami, hicimos nuestros planes de evacuación; luego llegó Gala y con eso rearmamos nuestras actividades si se prendían las alertas. Hoy, que madre se ha ido, el escenario cambió drásticamente: yo no evacuaré.

Panorámica del barrio en que está la casa - Puerto Cayo.

El 19 de septiembre de 2026 es la fecha en que tomé la decisión:

"Paso algo novedoso mientras hacía limpieza de casa, recordé que con madre teníamos un plan de evacuación para caso de tsunami y otras eventualidades, pues no me había percatado que caducó. Así que he tomado una decisión: ya no necesito actualizar el plan, no abandonaré la casa."

Esto a propósito de las escuálidas informaciones que existen frente a las probables consecuencias por el Fenómeno de El Niño, pero que luego lo asocié con la amenaza del tsunami. Vale decir que la casa está en medio de dos amenazas: justamente el tsunami por el frente y los problemas por seguros deslizamientos de un cerro que está en la parte posterior, frente a un solo riesgo no hay planes de contingencias institucionales.

Con el paso de los días me di cuenta que mi decisión podría ser irresponsable, más aun al decirlo públicamente; entonces, reflexioné:

"Debo justificarme públicamente por mi decisión actual de no evacuar en caso que un tsunami se presente en las Costas de Puerto Cayo, lugar en que resido. Una tarea más que me impongo."

Y aquí estoy trabajando mi tarea.

Lo primero es preguntarme lo qué podría pasar y no es complicado saberlo: o destrucción total de la casa, también inundación o daños severos por los deslizamientos de lodo; en teoría yo quedaría vivo. Pero hay una duda que está en la fase de alerta, que se emita la orden de evacuar ante la inminente desgracia y ahí está la piedra angular en la opción que tomaré en dicho momento.

Necesito recordar que tuve la oportunidad de cumplir operativos de rescate cuando estuve en la milicia, luego trabajar con los damnificados de la calle Kennedy en Montecristi allá por el año 2006 y fui voluntario de cuando existió la Defensa Civil, lo que me permitió conocer algunos impactos de los desastres, pero lo que más me acercó a ellos fueron mis coberturas periodísticas del terremoto del 2016 que impacto con mayor fuerza en Manabí; madre y yo vivíamos en Portoviejo en aquella época.

El asunto es que si a partir de esta fecha, 22 de septiembre de 2026, yo no dejaría la casa sola ante la alarma de evacuar porque no tengo la certeza que habría un resguardo policial o militar; por experiencia sé que en estos casos los delincuentes aprovechan para entrar a robar. Lo segundo: ¿Qué sería de mi vida en el post cataclismo? No estoy dispuesto a vivir en un albergue ni tampoco iría de refugiado a la casa de algún familiar o de una amistad. Para mi ya no tendría sentido seguir viviendo el poco tiempo que me queda sin nada más que las cosas que alcanzaría a sacar.

Para mi es una gran mentira eso de que "lo material se recupera", no tendría las fuerzas ni el dinero suficientes para reconstruir mi vivienda; y si pudiese parar cuatro paredes y un techo ¿Qué con el resto para cocinar, para dormir, para protegerme? ¿Esperar la caridad, la buena voluntad de personas caritativas o cumplir las tramitologías gubernamentales para tener acceso a un bono o algo similar?

Me salta otra inquietud: ¿Y qué pasaría con Gala? Es un escenario que aún necesito definirlo, seguramente sobreviva y alguien la adopte o se convierta en perro de la calle fiel a su raza Askal; tal vez se quede conmigo y el final nos llegue juntos. Complejo y doloroso panorama.

Hago un alto en el desarrollo de esta tarea, con los ojos llorosos me es imposible leer lo que escribo porque aún estoy sensible ante la nueva vida que estoy construyendo. Tomaré un café y me calmaré, que aún falta por aclarar esta parte de mi duelo.

Regreso al papel luego de haber puesto un poco de Jack Daniel's a mi café; digamos que una dosis eventual de refuerzo emocional para aclarar la mente y adormecer levemente mis sentimientos de dolor.

Entonces, si el escenario es que muera en la catástrofe, pues ni modo y ya no tendré preocupaciones; alguien habrá que se haga cargo de mis restos y de lo demás que quede de la vivienda, de mis cosas... un "algo" que ya escapara de mi atención y preocupación. Frente a esto sí se hace necesario que arme la cápsula de tiempo para que cuando remuevan escombros la encuentren y sepan quienes vivimos aquí.

Quizás esta sea otra de las respuestas cuando el 29 de agosto de 2026 me pregunté: "¿Cuánto tiempo podré sostener el sueño de mis viejos?"

El segundo escenario no deseado. Si a pesar de no evacuar y logro soportar la desgracia me repetiré que "No quiero paz, es muy costosa y requiere de muchas armas. Necesito tranquilidad de saber que puedo defenderme, de que no moriré de hambre y de que podré dormir sin sobresaltos." tengo la certeza que deberé trabajar duro para restablecer lo que quede, seguramente reciba algún tipo de ayuda, y si eso no es posible, tendré que idear un "Plan B" de manera emergente; todo dependerá de cómo quede yo y la casa. Pero no me convertiré en damnificado residente en algún albergue.

En estas justificaciones sobre mi decisión de no evacuar debo dejar a un lado los aspectos sentimentales para centrarme por unos momentos en reconocer que de acuerdo con la Ley Orgánica para la Gestión Integral del Riesgo de Desastres, las órdenes de evacuación emitidas por el Comité de Operaciones de Emergencia son de cumplimiento obligatorio y que negarme a obedecerlas puede constituir una infracción administrativa sancionable con trabajo comunitario o multas; sé, también, que las autoridades tienen la facultad de disponer restricciones, movilizaciones y, si es necesario, la evacuación forzosa para proteger mi vida. No pretendo desconocer esa norma ni el deber ciudadano de colaborar en la gestión del riesgo.

Pues bien, luego de haber revisado una y otra vez los escenarios posibles, tengo claro que no lo haré por desafiar a la autoridad, tampoco para ser un mal ejemplo, ni para incitar a nadie a la desobediencia, ni mucho menos como un acto de suicidio o de desprecio por la vida o desafiar a la naturaleza, porque llegado el caso, como lo he mencionado, prefiero enfrentar el destino antes que sobrevivir desarraigado y sin nada propio. Si sobrevivo, podría enfrentar sanciones administrativas pero de seguro no tendré un juicio penal porque no generaré riesgo o peligro para otras personas y menos obstaculizaré las operaciones de rescate.

Sigo pensando en Gala. No, nunca será un estorbo para mi. Tal vez mutemos a mendigos en terreno propio.

Otra historia

Buenas noches madre - El día después de mañana ha llegado. Así empieza esta reminiscencia de aquellas horas y que de alguna manera se convierten en las bases para la construir mi duelo. (Seguir leyendo...)

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16 de agosto de 2026

Pa', mi última carta para ti

Pa' luego de mucho tiempo te vuelvo a escribir y no es porque te he olvidado, es que tú sabes lo que hemos pasado con la Gaya en los últimos años, lo que me ha quitado esa nostalgia que inspiraba mis palabras teniendo a cambio esos momentos de inmensa alegría y otros de grandes preocupaciones; además Pa', recuerda que durante todos estos últimos 25 años siempre te estuve preguntando ¿Qué hago? en esas situaciones complejas que he debido afrontar y tú jamás dejaste de contestar.

Foto de archivo de Raúl Zavala Orlando,
posiblemente tomada en Machala, año 1982.

Esta vez te escribo esta carta por otro tipo de nostalgia que me embarga desde hace ya dos semanas, lo uno por la alegría de saber que tu y Madre han vuelto a estar juntos y lo otro por la tristeza de ya no tenerla en la casa, pero a sabiendas que es parte del arte de saber vivir a plenitud.

Lo que no me gustaría que pienses Pa' es que con esta nueva realidad que estoy viviendo abandonaré tu "Puerto Zavala" y el cual Madre disfrutó en sus años en que ya por fin pudo alejarse de sus obligaciones laborales y que, con el apoyo que tú le dejaste, encaminó cada uno de sus esfuerzos para completar el sueño que compartieron y construyeron juntos. 

Y sí, sí puedes estar seguro que cumplí mi promesa de aquel 31 de marzo de 2002, cuando con tu último aliento gritaste llamando a la Gaya, no sin antes pedirme que la cuide.

Ahora estoy en una transición bastante compleja que me recuerda mucho las que tu también afrontaste en las diferentes etapas de la vida y de las que supe por las conversaciones con Madre; sé de tu vida militar, de cuando fuiste marinero mercante, de tus estudios para convertirte en contador público, de trabajo en un museo de Quito, de tu paso por la Contraloría y luego asesor en distintas instituciones públicas de Manabí, así que esas historias son ahora mi guía para superar los cambios drásticos que estoy afrontando.

Además Pa', para mi es importante decirte que en mi memoria están guardados los grandes momentos cuando estuve en graves problemas, tú estuviste allí apoyando, gestionando, buscando, soluciones para evitar mis dolores y sufrimientos, unas veces presente físicamente, en otras orientando y solventando financieramente a Madre. Pero hay más, no sé que habría sido de mi vida si es que no me hubieses enseñado a leer, escribir y matemáticas más allá de lo que en la escuela y el colegio aprendí o me quisieron enseñar.

Sin embargo, este nuevo problema en el que ahora estoy embarcado me está obligando a repensar mi accionar sin perder el rumbo, aunque ya tampoco esté presente Madre que, de una u otra manera y por mucho tiempo, fue la razón de la gran parte de mis pasos, de mis decisiones. El asunto se me complica un poco más porque ya no tengo la fuerza física que me permitía hacer frente a muchas adversidades de aquel entonces, pero a cambio tengo otro tipo de sensatez que estoy aprendiendo a usarla y quizás, por eso, esté todavía desorientado.

Me preocupa el tiempo, sí Pa', el tiempo que podría tener disponible en el presente y futuro para que mis pensamientos estén encaminados hacia la transformación que tengo la ineludible responsabilidad de experimentar.

Debo decirte que esta es mi última carta que te hago llegar, pues de ahora en adelante las escribiré para que tu y Madre las lean juntos. Nunca pensé que al confesarte esto lloraría como un niño...

Pá, te extraño siempre: tu hijo Raúl.

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28 de julio de 2026

Mis tres primeros años de los 60

Ayer 27 de julio de 2026 fue mi cumpleaños número 63 que rompió mi esquema de celebraciones con mucho ruido, alegrías y expectativas, esta vez fue con más silencio y solidaridad ante la crisis de salud de Madre. Mi actividad fue de las normales en este nuevo estilo de vida en que hay un privilegio muy marcado de una normalidad dinámica. Por primera vez en décadas no estuvieron presentes las cariñosas palabras de Madre, ni sus planes para armar una buena comida y en medio de lágrimas recordé, tal vez, nuestro último brindis.

El primer brindis con madre en el almuerzo del primer día del 2026

Desde que tengo uso de razón un patrón se ha cumplido cada década: el cambio en la manera de afrontar mi supervivencia, bien sea cambios laborales o aspectos sociales o por migración hacia otras latitudes al interior de Ecuador y ahora ocurrió cuando decidí radicarme en Puerto Cayo, como parte de recuperar la tranquilidad y en apoyo a mi Madre que ya no quería vivir su vida de jubilada en Portoviejo.

Ayer cumplí 63 años y a los 60 abandoné el ejercicio del periodismo, Madre ya había tenido su primera crisis de salud cuando tuvo un cuadro de hiperglucemia y tuvo que ser hospitalizada de urgencia y como resultado es que debía cuidar su dieta, hacer ejercicios y, sobre todo, aprender a usar la insulina; entonces, tuve que reacomodar lo que había construido en las tres últimas décadas desde que cambié mi residencia de Quito a Portoviejo. 

Mi paso por esta vida rural también me ha sido una magnifica experiencia para profundizar y abandonar muchas de mis percepciones, porque ser ciudadano de estos sectores es aceptar que se es de segunda categoría, en que los servicios públicos y algunos privados son y se sienten como si fuesen dádivas, como si se debiera agradecer y hasta ensalzar cuando se imponen planes, programas y proyectos desde escritorios lejanos. Conocer que a las obras públicas se las puede catalogar como "peor es nada".

En este caminar de 48 meses me llevó a relacionarme con la playa por misticismo y seguridad, por que es el patio delantero de casa, parte de mi barrio; aprendí que existen maneras de magnificarla mientras se la destruye. Este espacio de arena y olas resultó ser un objeto paisajístico de explotación financiera y política.

Descubrí también que es un gran gimnasio marino costero, un gran consultorio para cuando la los problemas agobian y perturban la mente, un lugar ideal para meditar con las melodías que vienen de las olas al reventar para luego correr hacia la playa; aquí, donde se anclan las ilusiones y los sueños y los esfuerzos de mis padres.

Ayer cumplí 63 años, los planes del pasado ya no existen, los del presente los construyo en el día a día, porque vivir y sobrevivir frente al mar es un constante trabajo para evitar que la casa se destruya que me dio la gran oportunidad de poner en práctica los pocos o muchos trabajos de mantenimiento domiciliario: me convertí en recluta de la albañilería, carpintería, electricidad, jardinería, enfermería... también en un "Esperancito" profesional.

Al final de los 62, resumo, he perdido y vendido muchos de mis tesoros, muchas de esas "cosas" que eran parte de un forma de vida; al mismo tiempo, he logrado mantener mis blogs, los libros que llevan autógrafo y emociones del significado de "Puerto Zavala" según el nombre que mi viejo le dio a esta casa. Y claro, gané una gran amistad con Gala, una mascota de raza Askal (fina pero sin pedigrí) que adopté luego de al menos 50 décadas de no tener ninguna. 

¿Qué si tengo planes para el nuevo recorrido? Sí, algunos, de esos que me implican seguir existiendo como ser humano, como persona. 

Al final de la medianoche del 28 de julio de 2026, me doy cuenta que recién he llegado al inicio de la senda que me conduce, o debería conducirme, hacia el inicio de mis 64 años de permanencia en este planeta Tierra.

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20 de julio de 2026

La flecha de oro que me movió el piso

Mi siempre recordada @Aleth_B, que no te sorprenda te vuelva a escribir luego de 12 años y lo hago como aquel que, habiendo recibido una flecha certera en medio de su camino, se detiene no para quejarse del dolor, sino para examinar la punta que lo hirió y descubrir que era de oro, a pesar de que el primer impulso fue de dolor, de sorpresa, quizás hasta miedo. 

Cuando me dijiste que la cordura puede ser engañosa, porque muchas veces no es más que el arte de forzarse a lo que no surge naturalmente, sentí el suelo moverse bajo mis pies, me quedé sin piso. Yo, que siempre he desdeñado la paciencia como una virtud de los resignados, había hecho de la cordura mi principal guía; creía firmemente que era la voz firme de la razón, el escudo del hombre que actúa con prudencia. Tú, con unas pocas palabras, me obligaste a preguntarme si aquella guía no se había convertido, en ocasiones, en una cadena disfrazada de virtud.

Como los antiguos que dialogan sin internet en un cafetín, he reflexionado largamente sobre tu observación y he llegado a distinguir con mayor nitidez dos cosas que antes confundía: la cordura que me pertenece es herramienta personal e intransferible, es la disciplina con la que ordeno mis propios pasos, el discernimiento que aplico a mis decisiones y la firmeza que cultivo para no extraviarme; por tanto, sigue siendo mi aliada valiosa.

Pero cuando se trata de la realidad de otros, especialmente del proceso que hoy vive Madre, esa misma cordura, si se impone, se vuelve tirana, entonces no ilumina: oscurece, por lo que allí no requiero mi prudencia forzada, sino la claridad desnuda, “ver las cosas como son y no como deberían ser” según las enseñanzas de mi viejo; observar sin adornos la fractura, la prótesis, los males del páncreas y la bilis, el cansancio profundo, el lento camino de recuperación y la serena dignidad con que Madre enfrenta cada día. Descubro entonces que no hay “debería recuperarse más rápido” ni tampoco “debería yo manejar esto sin perder mi cordura” porque solo está lo que es.

Tú me ayudaste a recolocar la piedra angular en estos trances propios de la vida y me recordaste que la verdadera prudencia no consiste en forzar al río a correr según nuestro mapa, sino en leer correctamente su cauce actual y navegarlo con los ojos abiertos. Esa distinción entre cordura personal y claridad ante la realidad ajena es una “recomendación” nacida de tus lecturas, de tus experiencias, que sigo contemplando.

Por ello, @Aleth_B, sirva esta carta para decirte ¡¡Gracias!! nuevamente, por esa guía terrenal, que no impone doctrina, sino que enciende luces; además, tus palabras, reconozco, no me quitaron piso como al principio creí, me obligaron a construir uno más firme, más libre y más acorde con lo que realmente necesito.

Estas letras son, también, para ratificarme cuando digo, una y otras tantas veces más, que detesto cuando tienes la razón.

Por cierto, ahora esa flecha de oro se ha convertido en mi amuleto.

Con sinceridad: Raúl.

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