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13 de junio de 2011

Planchar con fuerza para no dañar


Las artesanías son un importante capital productivo y cultural de una región, más aun cuando se trata de aquellas que tienen un valor histórico y están ligadas a una forma de vida; tal es el caso de los sombreros de paja toquilla que se tejen y se comercializan en Montecristi.

La vida de Pablo Franco y María Mero, esposos desde hace 18 años, está muy ligada a a estos sombreros, con ellos lograron sostener a su familia y crecer como microempresarios, sobre todo han aprendido lecciones de vida que pueden ser usadas para quienes los conocen.

Y es que el sombrero de paja toquilla no está perdido ni en la historia ni en las realidades del presente. Su uso está relacionado con la moda y la elegancia, también con la prosperidad económica y hasta con las revoluciones liberales de inicios del Siglo XX. Las características de la elaboración y comercialización ya no son secretas.
Cada paso, desde la siembra y cosecha de la paja, de su preparación, del inicio del tejido, el tratamiento y del acabado del sombrero de paja toquilla están registrados; sobre su comercialización es motivo aun de debate sin que deje de venderse a valores que llegan hasta los 10 mil dólares y de aquellos que no llegan a costar a los 10.

Los procesos de desarrollo social ligados al sombrero están centrados en los tejedores, bajo el criterio que es un arte que podría desaparecer o quedar reservado para unos cuantos y es que esta prenda no es solo el tejido, es más… el planchado y el acabado. 

Pablo entró al mundo de los sombreros de paja toquilla cuando conoció a María y luego que decidieran casarse empezaron a trabajar de manera independiente en el acabado de estas prendas; aprendió a reconocer los finos, sus fallas, sobretodo aprendió a plancharlos antes de darles el terminado y venderlos.
Montecristi se ha consagrado como un fundamental centro de comercialización del sombrero de paja toquilla o conocido más como el “panama hat” y es allí donde conviven muchos de los artesanos que le dan el acabado final luego que reciben el sombrero en crudo.

Y allá en Montecristi, la antigua capital provincial de Manabí, entre tantos artesanos tiene su taller Pablo Franco y su esposa María Mero, ellos compran los sombreros crudos y le dan los acabados necesarios para exhibirlos para la venta o exportarlos. María cuenta su trabajo para darle el acabado a los sombreros  antes de llegar a parte del planchado. Pablo explica más al detalle sobre el planchado y muestra sus utensilios; entre ellos una plancha que más parece sacada de un museo, no es eléctrica ni de carbón, es de aquellas que se calientan en una hornilla.

El sombrero crudo es el nombre que le dan al que reciben de los tejedores, el que no ha recibido terminados y ni tiene la forma que lo ha hecho famoso. Las hebras aun se miran colgando al igual que ciertas imperfecciones, propio de un trabajo manual de una mano de obra que no se produce con especialidad tecnológica sino con las enseñanzas aprendidas de sus padres.

La plancha pesa como unas dos libras, es de fierro puro, de color café casi rojizo oscuro, casi como si estuviera oxidada; no tiene ningún mango “técnicamente” diseñado, es un todo que tiene la forma necesaria y nada más. Es una simple y sencilla plancha. 

Luego que los sombreros han sido lavados, azocados y ribeteados, antes de darle la forma final, se los plancha para evitar que al pasar a la siguiente fase queden dobleces y dañen; este proceso que apenas dura media hora. 

Toma un sombrero y en la copa introduce un molde de madera, es de forma circular y en la parte superior es convexa; casi es de la medida adecuada, mira con detenimiento los espacios que quedan entre el sombrero y el molde. Lo voltea y lo coloca sobre una mesa de madera, al  virarse pareciera que no hay nada dentro. 

Sobre la mesa también está un grupo de trapos, que en su conjunto se ven grueso y simulan un mango o un cogedero. Pablo los toma, los acomoda a su mano y con ellos toma la plancha que previamente estuvo durante aproximadamente cinco minutos sobre una hornilla prendida, sobre el ala del sombrero ya está un lienzo y comienza a planchar, con fuerza aplasta la plancha contra la mesa y en medio el sombrero. Pasa y lo repasa con fuerza, una y otra vez, da vuelta al sombrero y sigue con este proceso hasta cierto punto monótono. Para y vuelve a dejar la plancha sobre la hornilla. Mira el sombrero, trata de detectar algo y al parecer no encuentra nada. 

Vuelve a tomar la plancha entre sus manos fornidas, el mismo movimiento para seguir planchando. El tamaño de los trapos es mucho más grande que sus manos por los que sus dedos se aferran a ese mango improvisado para no perder el control. Mientras esto ocurre es posible mirar en sus brazos y antebrazos los músculos tensos, casi bien definidos bajo la piel cobriza. Hay una fuerza extra que se hace para que el proceso tenga éxito. 

Se detiene luego de media hora de planchar, un leve sudor corre por su frente, que lo seca con rápido movimiento del hombro cubierto por una camiseta. Alza la mirada y con ojos de satisfacción muestra el resultado de sus esfuerzos. Es posible detectar que en el sombrero no hay arrugas o pliegues, totalmente liso. 

Mientras Pablo plancha el sombrero, frente a él, sentado en una silla plástica está su hijo de 15 años, Pablo también. No pierde detalles sobre el trabajo que hace su padre, no habla,  solo mira, ocasionalmente se distrae para revisar su teléfono celular, escribe algo en él y vuele a prestar atención al planchado.

Están en la trastienda de su nuevo almacén localizado en la calle 9 de Julio, de Montecristi, la principal, donde se encuentra un sinnúmero de almacenes que ofertan artesanías de paja toquilla, muebles de mimbre, lámparas y otros adornos. Pablo junto a su esposa han emprendido una nueva aventura empresarial: decidieron comprar su propio local para lo cual han accedieron a un crédito, están en un proceso de incrementar ventas y ya cuentan con la ayuda de sus tres hijos, aunque adolescentes ya conocen el manejo comercial en la venta de sombreros.

El matrimonio Franco – Mero ahora ven el fruto de su trabajo. Están preocupados porque tienen que pagar las cuotas del préstamo y se han impuesto la regla de guardar 20 dólares diarios.

Como si fuera una conversación sólo entre esposos, María y Pablo, además del riesgo de comprar su nuevo local, también han invertido en una página WEB, se les nota que están satisfechos con este logro y casi en coro dan la dirección: www punto, montecuadorhat, punto com. Y dan una explicación extra: solo con una “e”. 

En ese momento entran unos clientes que tienen todas las características de turistas. No tienen intenciones de comprar, pues no miran ninguno de los más de 500 sombreros que están en las perchas. Uno de ellos, hombre de edad adulta con una funda en la mano, se acerca a Pablo y dice: hace unos meses compré aquí este sombrero pero se me manchó y se me dañó. Saca de la funda un sombrero ajado y lo pone en las manos del Pablo. 

Pablo toma el sombrero, lo mira, lo examina y alza a ver y le dice: sí me acuerdo. El turista le responde con una sonrisa y le pregunta si es posible reparar el sombrero. Pablo le dice que si es propio de Montecristi se puede hacer, pero que le tomará una semana como mínimo. El turista, le dice que no hay problema pero que no sabe cómo lo retiraría luego. Pablo le dice que si le deja la dirección, él lo hace llegar por correo. El turista pregunta por el costo del arreglo; Pablo le responde que 25 dólares y que ya está incluido el envío. 

¿Y el pago? Es la próxima pregunta. Si gusta me paga ahora, responde Pablo. No tengo sueltos, tengo tarjeta de débito o de crédito. ¿Las reciben? Pablo dice que sí. El turista saca la tarjeta y la extiende, Pablo la toma y llama a su esposa que está sentada frente a una máquina de coser. Al extender la tarjeta, le dice: “cobra 25 dólares”, María toma la tarjeta y se dirige tras el mostrador, en él están las máquinas electrónicas que sirven para estos casos. El negocio se cierra, le devuelven la tarjeta al turista y le hacen firmar un pequeño papel blanco. 

Pablo argumenta en voz alta. “Aquí no es que solo vendemos sombreros. También los arreglamos porque descubrimos  que muchos clientes aman sus sombreros, pero que siempre pasa algo, se les mancha, pierden la forma… además que cuando se les arregla un sombrero mínimo nos traen otro cliente que compra sombreros o nos compra para hacer regalos, con la ventaja que tenemos facturas, entregamos a domicilio y damos todas las facilidades que sean posibles.”

Pablo comenta, mientras abraza a su esposa, bajo la mirada de su hijo: planchar sombreros es un proceso corto y simple, pero fundamental; hay que planchar con fuerza para que no se dañen y lo mismo aplicamos en nuestro negocio, trabajamos con fuerza para no dañar nuestras vidas y la de nuestros hijos.

Es la noche ya en Montecristi, las luces de la ciudad están prendidas. Los almacenes no cierran aun. Pablo y María siguen trabajando mientras un viento fresco se siente a pesar de estar en la Costa ecuatoriana.