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31 de julio de 2020

Reflexiones sobre el oficio de hacer periodismo

El periodismo, a pesar de su larga vida, sigue en fase de artesanía sin que hasta ahora muchos profesionales hagamos más esfuerzos para que entre en el nivel de ciencia. Tal vez no sea necesario, pero eso también debe estar sujeto a una investigación o, al menos elevarlo a nivel de ensayo.

Funciones del periodismo desde una óptica de los análisis de escenarios,
la construcción de inteligencia y la toma de decisiones editoriales.
El tratar de perfeccionar mi profesión fui construyendo propuestas, como ladrillos para un muro pero a sabiendas que siempre es necesario tener las columnas que la sostenga y una de ellas es la frase que está en el encabezado de este blog: Tal vez un día cercano los periodistas nos demos cuenta que nuestro trabajo ya no es en función de la verdad, sino de la ¡LIBERTAD!

En uno de mis trabajos publicados en el 2008 aseguré que "Es así que puede establecerse que comunicación social son los mensajes de los medios de comunicación social sean estos periodísticos, publicitarios o propagandísticos, que permiten a la sociedad conocer el estado de su convivencia en aspectos geográficos, culturales, ambientales, de gobernanza y desarrollo." (El periodista y el periodismo)

Pero el tiempo, es decir las mutaciones de las cosas, hizo que los escenarios cambiasen para el periodismo por dos factores trascendentales: injerencia de la políticos y la irrupción de las redes sociales; en ese marco al llegar el 2018 expuse un problema: ¿A dónde van el periodismo y los medios de comunicación en Ecuador? Tal vez a ningún lado en vista de las políticas de la comunicación social que están en juego desde el Ejecutivo y el Legislativo. (Tribulaciones de la industria comunicacional del Ecuador)

Una recomendación bajo las actuales circunstancias en que se encuentra
la sociedad y que los espacios periodísticos son cuestionados.
Pero el periodismo no necesita únicamente de la universidad y aquello que puedan transmitir los profesores o los catedráticos en las aulas y en las conferencias, este trabajo artesanal requiere de una guía en las salas de redacción (presencial o virtual) de la televisión, de la radio y los medios impresos, también de los medios nativos virtuales.

Este escenario fue abordado por la Red Ética de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano -FNPI- bajo la temática ¿Hacen falta mentores en el periodismo? y un debate entre distintos colegas incluido yo. Una de mis conclusiones es que los medios abandonaron lo que se conoce como "escuela" en que los antiguos periodistas eran a su vez instructores de los nuevos, originado más por el entorno del mercado y las tendencias de comunicación on line.

He sostenido que la desconfianza en la versión oficial es el mejor soporte para lograr notas periodísticas con mayor relevancia, considerando que las “noticias falsas” se han convertido en la mayor amenaza para las sociedades y en paralelo existe una profundización en la libertad de expresión e información. Esta premisa la expuse en un artículo que fue publicado por La Verdad y en el que me pregunté a unos colegas: ¿Qué tan complejo es para los periodistas verificar la información oficial antes de publicar? 

La supervivencia no implica únicamente al ser humano como tal, también implica a cada
uno de sus componentes y uno de ellos es la profesión que ejerce o el arte que desarrolla.
Sirvan estas líneas para retractarme en otro artículo que publiqué en el que aseguro: Periodismo: ciencia para estudiarla desde las relaciones de producción. Pues esta actividad profesional no está en el marco de la ciencia porque no lo hemos investigado, no hemos logrado redefinir y sustentar sus características para la presente época.

No he cambiado el titular ni cambiado los argumentos, para que me sirva de guía en el desarrollo de hipótesis, en la redacción de nuevos ensayos y generar líneas de investigación.

Para poner el punto y aparte de esta entrada, comparto una conferencia sobre uno de los derroteros y opciones sobre la generación de nuevos impactos en el periodismo, dictada por Denise Dresser y del que se pueden sacar algunos componentes adicionales para estas reflexiones:

19 de julio de 2020

La artesanía que me inspiro llegar hasta Hades

Tengo cientos de recuerdos guardados en distintas parte de mi casa, ocasionalmente los reviso, limpio y vuelo a guardar, otras veces me toca botarlos y algunas los regreso a la vida cotidiana porque adquieren un valor adicional.

Terminada la cuarentena saqué una barca que muestra el equilibrio de la navegación, es una artesanía que me la obsequiaron hace más de 10 años. Hice un vídeo y lo subí a mi cuenta Twitter, adquirió un significado superior.

Al final de esta entrada se encuentra el vídeo .
Fue Didifredo Ruiz quien me respondió con una sola frase: Caronte navegando el Aqueronte. Las vagas ideas de la mitología llegaron a mi mente así que debí refrescar la memoria y fue en ese momento cuando supe el nuevo valor de mi adorno artesanal.

Caronte es uno de los personajes enigmáticos de la mitología griega, su nombre es literalmente "brillo intenso" y su trabajo es en el Aqueronte, que significa "río del dolor".

Se lo describe como el barquero del inframundo y su misión es la de transportar las almas de quienes han muerto recientemente hasta el Hades, donde estarían toda la eternidad; físicamente, es un anciano harapiento, descuidado, con una barba enmarañada blanca y de rostro adusto, sucio, sombrío, con carácter agrio.

Hades, reino sombrío y cubierto de niebla al que todos los mortales vamos después de la vida, es Érebo.

Caronte llega a la orilla donde esperan las almas, no todos ellas pueden usar su servicio, pues tienen que entregar una moneda, de allí es que se considera la razón por la que los griegos enterraban a sus muertos con una debajo de la lengua: el pago al barquero.

“Si los muertos no llevaban esa moneda, o si habían sido sepultados de una manera inadecuada, debían quedarse vagando en los alrededores del río por cien años. Pasado ese tiempo, Caronte les permitía cruzar sin pago.” (Fuente del relato: lamenteesmaravillosa.com)

Pues bien y aquí mi historia. Siempre supe que enfrentar la muerte no es fácil, pues de alguna manera hay que estar preparado para lo que será ese viaje final y hay que tener los recursos necesarios para hacerlo con suma tranquilidad.

Ahora que la barca y el barquero se mueven al son del viento, en uno de los estantes cercano al lugar en que escribo, que la cuarentena finalizó, que mis finanzas personales están golpeadas y que el virus del Covid-19 es una amenaza latente, recapacito cada día para entrar en un sistema de ahorro orientado exclusivamente para que mi muerte sea tranquila en lo personal y para quienes tendrán la penosa tarea de permitir que llegue hasta la orilla de Aqueronte y espere la llegada de Caronte.

Lo que ahora vivo, tal vez igual que muchos de ustedes amables lectores, no es un tiempo de reacción, son duros momentos para pensar y ser proactivo, como una manera de no dejar que el azar sea quien gobierne mi presente.

Este comentario es otro capítulo relacionado con mi accionar frente a la realidad nunca antes vislumbrada por la humanidad y que sorprendió sin saber cuál es el camino correcto. Hacia finales de abril, ya pensaba en lo que debía planificar para cuando acabe la cuarentena y mencionaba:
Desde que empezó esta emergencia sanitaria propuse que para poder sobrevivir era necesario asumir una responsabilidad individual y a partir de allí se podría planificar el confinamiento, pero ahora es momento para pensar en el "exit" o entrar a la economía post cuarentena. (¡YO! ¿Estoy listo para el "exit"?)
Cuando estoy en pleno desarrollo de las preguntas planteadas para seguir en el camino, me doy cuenta que jamás puse como una opción el de prepararme para mi muerte, que es una de las pocas certezas que por ahora tengo.

Este es mi siguiente plan, con el desconocimiento de saber si tengo o no tiempo para estar listo, sí aspiro tener con que pagar el paso hacia Hades.




13 de junio de 2011

Planchar con fuerza para no dañar


Las artesanías son un importante capital productivo y cultural de una región, más aun cuando se trata de aquellas que tienen un valor histórico y están ligadas a una forma de vida; tal es el caso de los sombreros de paja toquilla que se tejen y se comercializan en Montecristi.

La vida de Pablo Franco y María Mero, esposos desde hace 18 años, está muy ligada a a estos sombreros, con ellos lograron sostener a su familia y crecer como microempresarios, sobre todo han aprendido lecciones de vida que pueden ser usadas para quienes los conocen.

Y es que el sombrero de paja toquilla no está perdido ni en la historia ni en las realidades del presente. Su uso está relacionado con la moda y la elegancia, también con la prosperidad económica y hasta con las revoluciones liberales de inicios del Siglo XX. Las características de la elaboración y comercialización ya no son secretas.
Cada paso, desde la siembra y cosecha de la paja, de su preparación, del inicio del tejido, el tratamiento y del acabado del sombrero de paja toquilla están registrados; sobre su comercialización es motivo aun de debate sin que deje de venderse a valores que llegan hasta los 10 mil dólares y de aquellos que no llegan a costar a los 10.

Los procesos de desarrollo social ligados al sombrero están centrados en los tejedores, bajo el criterio que es un arte que podría desaparecer o quedar reservado para unos cuantos y es que esta prenda no es solo el tejido, es más… el planchado y el acabado. 

Pablo entró al mundo de los sombreros de paja toquilla cuando conoció a María y luego que decidieran casarse empezaron a trabajar de manera independiente en el acabado de estas prendas; aprendió a reconocer los finos, sus fallas, sobretodo aprendió a plancharlos antes de darles el terminado y venderlos.
Montecristi se ha consagrado como un fundamental centro de comercialización del sombrero de paja toquilla o conocido más como el “panama hat” y es allí donde conviven muchos de los artesanos que le dan el acabado final luego que reciben el sombrero en crudo.

Y allá en Montecristi, la antigua capital provincial de Manabí, entre tantos artesanos tiene su taller Pablo Franco y su esposa María Mero, ellos compran los sombreros crudos y le dan los acabados necesarios para exhibirlos para la venta o exportarlos. María cuenta su trabajo para darle el acabado a los sombreros  antes de llegar a parte del planchado. Pablo explica más al detalle sobre el planchado y muestra sus utensilios; entre ellos una plancha que más parece sacada de un museo, no es eléctrica ni de carbón, es de aquellas que se calientan en una hornilla.

El sombrero crudo es el nombre que le dan al que reciben de los tejedores, el que no ha recibido terminados y ni tiene la forma que lo ha hecho famoso. Las hebras aun se miran colgando al igual que ciertas imperfecciones, propio de un trabajo manual de una mano de obra que no se produce con especialidad tecnológica sino con las enseñanzas aprendidas de sus padres.

La plancha pesa como unas dos libras, es de fierro puro, de color café casi rojizo oscuro, casi como si estuviera oxidada; no tiene ningún mango “técnicamente” diseñado, es un todo que tiene la forma necesaria y nada más. Es una simple y sencilla plancha. 

Luego que los sombreros han sido lavados, azocados y ribeteados, antes de darle la forma final, se los plancha para evitar que al pasar a la siguiente fase queden dobleces y dañen; este proceso que apenas dura media hora. 

Toma un sombrero y en la copa introduce un molde de madera, es de forma circular y en la parte superior es convexa; casi es de la medida adecuada, mira con detenimiento los espacios que quedan entre el sombrero y el molde. Lo voltea y lo coloca sobre una mesa de madera, al  virarse pareciera que no hay nada dentro. 

Sobre la mesa también está un grupo de trapos, que en su conjunto se ven grueso y simulan un mango o un cogedero. Pablo los toma, los acomoda a su mano y con ellos toma la plancha que previamente estuvo durante aproximadamente cinco minutos sobre una hornilla prendida, sobre el ala del sombrero ya está un lienzo y comienza a planchar, con fuerza aplasta la plancha contra la mesa y en medio el sombrero. Pasa y lo repasa con fuerza, una y otra vez, da vuelta al sombrero y sigue con este proceso hasta cierto punto monótono. Para y vuelve a dejar la plancha sobre la hornilla. Mira el sombrero, trata de detectar algo y al parecer no encuentra nada. 

Vuelve a tomar la plancha entre sus manos fornidas, el mismo movimiento para seguir planchando. El tamaño de los trapos es mucho más grande que sus manos por los que sus dedos se aferran a ese mango improvisado para no perder el control. Mientras esto ocurre es posible mirar en sus brazos y antebrazos los músculos tensos, casi bien definidos bajo la piel cobriza. Hay una fuerza extra que se hace para que el proceso tenga éxito. 

Se detiene luego de media hora de planchar, un leve sudor corre por su frente, que lo seca con rápido movimiento del hombro cubierto por una camiseta. Alza la mirada y con ojos de satisfacción muestra el resultado de sus esfuerzos. Es posible detectar que en el sombrero no hay arrugas o pliegues, totalmente liso. 

Mientras Pablo plancha el sombrero, frente a él, sentado en una silla plástica está su hijo de 15 años, Pablo también. No pierde detalles sobre el trabajo que hace su padre, no habla,  solo mira, ocasionalmente se distrae para revisar su teléfono celular, escribe algo en él y vuele a prestar atención al planchado.

Están en la trastienda de su nuevo almacén localizado en la calle 9 de Julio, de Montecristi, la principal, donde se encuentra un sinnúmero de almacenes que ofertan artesanías de paja toquilla, muebles de mimbre, lámparas y otros adornos. Pablo junto a su esposa han emprendido una nueva aventura empresarial: decidieron comprar su propio local para lo cual han accedieron a un crédito, están en un proceso de incrementar ventas y ya cuentan con la ayuda de sus tres hijos, aunque adolescentes ya conocen el manejo comercial en la venta de sombreros.

El matrimonio Franco – Mero ahora ven el fruto de su trabajo. Están preocupados porque tienen que pagar las cuotas del préstamo y se han impuesto la regla de guardar 20 dólares diarios.

Como si fuera una conversación sólo entre esposos, María y Pablo, además del riesgo de comprar su nuevo local, también han invertido en una página WEB, se les nota que están satisfechos con este logro y casi en coro dan la dirección: www punto, montecuadorhat, punto com. Y dan una explicación extra: solo con una “e”. 

En ese momento entran unos clientes que tienen todas las características de turistas. No tienen intenciones de comprar, pues no miran ninguno de los más de 500 sombreros que están en las perchas. Uno de ellos, hombre de edad adulta con una funda en la mano, se acerca a Pablo y dice: hace unos meses compré aquí este sombrero pero se me manchó y se me dañó. Saca de la funda un sombrero ajado y lo pone en las manos del Pablo. 

Pablo toma el sombrero, lo mira, lo examina y alza a ver y le dice: sí me acuerdo. El turista le responde con una sonrisa y le pregunta si es posible reparar el sombrero. Pablo le dice que si es propio de Montecristi se puede hacer, pero que le tomará una semana como mínimo. El turista, le dice que no hay problema pero que no sabe cómo lo retiraría luego. Pablo le dice que si le deja la dirección, él lo hace llegar por correo. El turista pregunta por el costo del arreglo; Pablo le responde que 25 dólares y que ya está incluido el envío. 

¿Y el pago? Es la próxima pregunta. Si gusta me paga ahora, responde Pablo. No tengo sueltos, tengo tarjeta de débito o de crédito. ¿Las reciben? Pablo dice que sí. El turista saca la tarjeta y la extiende, Pablo la toma y llama a su esposa que está sentada frente a una máquina de coser. Al extender la tarjeta, le dice: “cobra 25 dólares”, María toma la tarjeta y se dirige tras el mostrador, en él están las máquinas electrónicas que sirven para estos casos. El negocio se cierra, le devuelven la tarjeta al turista y le hacen firmar un pequeño papel blanco. 

Pablo argumenta en voz alta. “Aquí no es que solo vendemos sombreros. También los arreglamos porque descubrimos  que muchos clientes aman sus sombreros, pero que siempre pasa algo, se les mancha, pierden la forma… además que cuando se les arregla un sombrero mínimo nos traen otro cliente que compra sombreros o nos compra para hacer regalos, con la ventaja que tenemos facturas, entregamos a domicilio y damos todas las facilidades que sean posibles.”

Pablo comenta, mientras abraza a su esposa, bajo la mirada de su hijo: planchar sombreros es un proceso corto y simple, pero fundamental; hay que planchar con fuerza para que no se dañen y lo mismo aplicamos en nuestro negocio, trabajamos con fuerza para no dañar nuestras vidas y la de nuestros hijos.

Es la noche ya en Montecristi, las luces de la ciudad están prendidas. Los almacenes no cierran aun. Pablo y María siguen trabajando mientras un viento fresco se siente a pesar de estar en la Costa ecuatoriana.

24 de abril de 2011

Planchar sombreros de paja toquilla

Conocí a Pablo Franco y me dió explicaciones sobre el planchado de sombreros de paja toquilla, de los que se tenjen y se les da el acabado final con las manos. Yo tengo uno que me ha durado 8 años y que sigue casi como nuevo a pesar que ha recorrido conmigo desde el mar hasta la amazonia... en este vídeo cuento una parte del arte de construir un buen Montecristi Hat. Aquí la historia: