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18 de junio de 2017

¿Cuándo empezaremos en Manabí a debatir sobre los mitos en los que hemos construido nuestra identidad?

Es indudable que las redes sociales virtuales es un mundo amorfo, llenos de cuentas que son manejadas por humanos asociados a un sinnúmero de estereoptipos, de los cual se puede y debe esperar -literalmente- todo. Pero en ese “todo” hay un componente fundamental: personas reales, tangibles, verificables y que son aportes al desarrollo del pensamiento.

Pero en ese multimundo, de una u otra manera, muchos debates se arman con cuentas que corresponde a personas que viven en un mismo país, pero también se generan comentarios para un estudio etnográfico.

Así como existen banalidades también se presentan casos dignos de entrar en preocupación por la manera que reaccionan los humanos que, podrían pensarse, tienen niveles intelectuales y académicos superiores, que tienen capacidad de análisis y crítica.

Mi preocupación nace cuando en el TL de mi cuenta en Twitter hubo una reacción (de las tantas) por preguntas que llamaba a la reflexión: “¿Alguno de estos héroes indígenas ha contribuido en algo al conocimiento universitario? ¿Entonces qué hacen en la Universidad Central?” con referencia a los bustos que en su momento estuvieron en la Plaza Indoamérica, ciudad de Quito – Ecuador.
Después de leer los comentarios que siguieron a esas preguntas, decidí aportar: “No había leído este tuit. En lo personal puede ser un interesante análisis para conocer la influencia ancestral en la constru social actual.” Ver original.

Pero en la mayoría de respuestas a las preguntas de Luis Espinosa Goded, la temática se centró en aspectos tangenciales, más relacionados con lo que yo llamo el “patrioterismo irracional”, además de los típicos insultos en estos casos y comentarios con claras muestras de ignorancia sobre esos monumentos.

La preocupación aumentó cuando también pude leer frases sobre la distorsión del significado de “cultura” y de “ancestralidad”; en medio de ello la clara muestra que no se generó un debate sobre un legítimo cuestionamiento a una parte del entorno urbano de Quito y, en específico, de la Universidad Central del Ecuador, ícono de la academia ecuatoriana.

El clímax de mi preocupación ocurre al darme cuenta que no tenemos la capacidad de cuestionar ni ser cuestionados, como un ejercicio de construcción de nuestra identidad y reforzamiento de nuestros espacios multiculturales urbanos y rurales, físicos y mentales.

Pero quiero extraer una de las referencias de mi libro: Hebert Readen su publicación "Al diablo con la cultura", señala que en la lengua del culto pueblo heleno no existía el equivalente de la palabra cultura. Los griegos contaban con importantes matemáticos, célebres filósofos, grandes arquitectos, pero en ningún momento se les ocurrió acuñar una palabra que englobase a las obras producidas por esos notables.

El vocablo “cultura” apareció registrado por primera vez en el año 1510, en pleno Renacimiento. Sería ridículo imaginar que hasta aquel día del año 1510 el mundo entero era inculto. Ese día sólo se le otorgó una palabra a un hecho común a los seres humanos desde que comenzaron a articular los primeros fonemas y trazar las primeras líneas. La cultura estuvo siempre, únicamente había que darle un nombre. Una vez que se lo dieron, quedó para siempre. La cultura comenzó a ser algo más vasto que la palabra que la designaba. Vasto y complejo, tanto que todavía se discute con énfasis qué se entiende realmente. (cContenido en mi libro)

Pues bien, en la línea de la crítica y el cuestionamiento está mi convivencia en Manabí, lugar en que el “amor al terruño” nos ha llevado a taparnos los ojos sobre los graves problemas políticos, sociales y económicos, y por ello dejamos de evaluar a una de las creencias culturales que se encuentra bajo el título de “lo montubio” y que luego pasó a escribirse “lo montuvio”.

Nunca nadie ha cuestionado públicamente el aporte al desarrollo de Manabí de la cultura montub(v)ia. Si lo hiciese, estoy seguro, afrontaría los mismos ataques que Luis Espinosa Goded, incluyendo la palabra “atrasapueblos” o el slogan de barricada “Con Manabí no se juega”.

En ese marco del no-cuestionamiento, se encuentra el expresidente Eloy Alfaro, a quien un show de televisión lo consagró como “el mejor presidente de todos los tiempos” y que con el tiempo se convirtió en una verdad única. Muy pocos hemos pedido el estudio histórico comparativo, hemos tratado de acceder a información sobre su sistema de administración pública, a su capacidad de controlar los actos deshonestos de sus funcionarios… pero yo casi no he logrado acceder a esos datos.

Igual ocurre con la palabra que parece salvación de la ineficiencia: “minga”.

Días después el mencionado tuitero publicó en su cuenta de Facebook, una reflexión, que bien puede servir para que desde estas tierras manabitas, empecemos a cuestionar argumentadamente cada uno de los aspectos que nos inducen a pensar como humanos ciegamente dogmáticos.

El escrito merece estar en otro post (leer el texto completo) pero considero necesario resaltar lo que bien nos vendría en Manabí: “Muchos amigos me pregunta por qué sigo insistiendo en hablar de estas esculturas, o por qué he respondido a tantos de quienes me han cuestionado. Bueno, pues porque creo que los símbolos son los que construyen los mitos, y sobre los mitos son sobre los que se construyen las realidades actuales. Y sobre mitos fundacionales frentistas, erróneos y vengadores es imposible construir un futuro próspero o feliz.”

El lío en que se metió Luis es digno de resaltarlo, para dejar de ser “sentimentaloides y patrioteros” a la hora de evaluar los proyectos de desarrollo en Manabí, cuando llegue la hora del debate sobre los temas trascendentales en nuestra provincia, para que no solo sea una fuerza electoral sino también política en Ecuador.

No, no es nuevo lo que comento en este post a propósito del tuit detonante, lo he dicho en mis otros post, uno de ellos: “¿Hace falta una propuesta política para Manabí?

Entonces solo me queda parafrasear a Luis Espinosa Goded: “… por una cultura del debate en Manabí”

No quiero dejar este post a consideración de mis lectores, sin antes recomendarles un libro que nos ayudará a re-pensar lo cultural en Manabí: “El viaje imposible. El turismo y sus imágenes”, una serie de crónicas etnográficas de Marc Augé. (Para descargar en versión PDF).