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15 de octubre de 2025

Parrales y Guale frente la Independencia de Jipijapa

El titular de esta entrada es un puente perfecto entre dos momentos clave en la historia de Jipijapa: la lucha autonomista de Manuel Inocencio Parrales y Guale en 1780 y la adhesión a la Independencia de Guayaquil en 1820; Sin embargo, al poner estos episodios en diálogo, surge una crítica necesaria sobre cómo la memoria colectiva de esta ciudad ha priorizado ciertos relatos heroicos mientras relega otros, más profundos, a las sombras. Este es un comentario crítico no una reseña histórica.

Empiezo… centrar la memoria de Manuel Inocencio Parrales y Guale en el 2 de agosto de 1780, el día en que Carlos III firmó la Cédula Real que reconoció las tierras indígenas de Jipijapa y sus alrededores, pone el foco en el corazón de su gesta; este hito, junto con la adhesión de Jipijapa a la Independencia de Guayaquil el 15 de octubre de 1820, teje una narrativa compleja sobre la identidad manabita. Sin embargo, la forma en que se ha priorizado el segundo evento sobre el primero revela un sesgo en la memoria colectiva que merece una mirada crítica. ¿Por qué el grito libertario de 1820 resuena más fuerte que la victoria silenciosa, pero transformadora, de 1780? 

El 2 de agosto de 1780 no es solo una fecha; es el clímax de la resistencia de Parrales y Guale, un cacique mestizo-indígena que, armado de memoriales y tenacidad, cruzó el océano tres veces para enfrentar al poder colonial en España. La Cédula Real, conocida como el “Mandato de Madrid”, ordenó titular unas 5.900 hectáreas a las comunidades indígenas de lo que actualmente son los cantones Jipijapa, Paján, 24 de Mayo y Puerto López, protegiéndolas del despojo de encomenderos y estancieros. 

Este logro no fue un simple trámite: fue un desafío estructural al sistema colonial, un acto de autonomismo indígena que aseguró la soberanía territorial y sentó un precedente para la justicia agraria en América. Parrales y Guale, declarado en el 2011 por la Asamblea Nacional como “precursor de la reforma agraria” y defensor de los indígenas, no necesitó espadas para cambiar la historia; su arma fue la inteligencia legal y la visión colectiva para vivir mejor.

El rumbo de un defensor astuto y tenaz

Manuel Inocencio Parrales y Guale (1745-1806), cacique gobernador del Común de Indios de Jipijapa, no fue un rebelde armado, sino un defensor astuto y tenaz de los derechos indígenas en el corazón de la colonia española. Nacido en San Lorenzo de Jipijapa del mestizo Inocencio Parrales y una noble indígena Manuela Guale; de linaje de antiguos caciques, Parrales creció en un contexto de despojos sistemáticos: las tierras comunales, ocupadas "inmemorialmente" por los pueblos indígenas de la región, eran codiciadas por encomenderos y estancieros que imponían cultivos forzados como el tabaco, en suelos áridos que solo agotaban a los nativos.

Frustrado por la indiferencia de las autoridades locales en Portoviejo y Quito, Parrales , "indio ladino" educado en lectura, escritura y contabilidad por el cura Francisco Javier Ruiz-Cano, emprende una odisea diplomática; viaja tres veces a España (1777, 1779 y 1781), exponiendo memoriales ante la Corte de Madrid. Su persistencia rinde frutos: el 2 de agosto de 1780, el rey Carlos III expide una Cédula Real que autoriza a los fiscales de las audiencias a reconocer y titular las tierras indígenas ocupadas de forma continua, protegiéndolas de ventas o herencias a particulares. Esta cédula, conocida como "Mandato de Madrid", llega a Quito a fines de ese año y culmina en 1805 con la sentencia de la Real Audiencia, confirmando unas 5.900 hectáreas para el Común de Jipijapa.

La gesta octubrina

Cuatro décadas después, el fuego independentista de Guayaquil, el "Grito del 9 de Octubre" de 1820, liderado por próceres liderados José Joaquin Olmedo se propaga como un vendaval por la costa; Jipijapa, ya fortalecida por el legado de Parrales y Guale, cuyas tierras comunales aseguraban cohesión social, responde con celeridad. 

El 15 de octubre de 1820, apenas seis días después, el pueblo declara su adhesión inmediata a la Provincia Libre de Guayaquil, convirtiéndose en el primer territorio de Manabí en sumarse a la emancipación. 

Impulsados por mensajeros como José Antonio de Vallego (en ruta a Portoviejo), los campesinos, artesanos y líderes locales jipijapenses proclaman la independencia en una asamblea popular, jurando lealtad a la nueva república naciente. Este acto no fue aislado: formaba parte de una ola que incluyó a Samborondón (10 de octubre), Daule (11) y otros, consolidando la Provincia Libre. 

Comparaciones históricas coyunbturales

En contraste, el 15 de octubre de 1820, cuando Jipijapa juró lealtad a la Provincia Libre de Guayaquil, es un hito cívico que resuena con orgullo en desfiles, actos cívicos y ferias. Seis días después del 9 de Octubre, el pueblo jipijapense, se unió al proyecto independentista guayaquileño, aunque no hubo batallas documentadas, este acto requirió audacia: desafiar a la corona en un contexto de incertidumbre, con Portoviejo y Quito aún bajo control español, era un riesgo político; sin embargo, su celebración como fecha cívica ha eclipsado la gesta del insigne cacique y aquí radica la primera crítica: la narrativa independentista, centrada en la épica criolla de Guayaquil, ha relegado el 2 de agosto de 1780 a un segundo plano, pese a que la cohesión territorial lograda por el Cacique fue la base que permitió a Jipijapa responder con tal rapidez en 1820.

Este sesgo refleja una tendencia histórica en el Ecuador republicano: glorificar los momentos de ruptura política, como la adhesión de 1820, mientras se subvaloran las luchas estructurales, como la de Parrales y Guale. La Cédula Real no solo devolvió tierras, fortaleció la identidad y economía de comunidades indígenas, dando a Jipijapa la capacidad política para sumarse al proyecto libertario. 

La “lealtad a Guayaquil” es un hito visible, pero efímero en su impacto comparado con la transformación agraria y cultural de 1780. La memoria colectiva, al priorizar grandes celebraciones por el 15 de octubre parece olvidar que, sin las tierras del sur de Manabí, la Sultana del Café no habría tenido la fuerza social para ser la primera en la provincia en abrazar la independencia.

Una segunda crítica apunta a la narrativa cívica actual. La conmemoración del 15 de octubre, con su pompa y color, refuerza un orgullo local que simplifica la historia jipijapense a un acto de alineación con Guayaquil. Esta visión, heredada de la historiografía criolla del siglo XIX, invisibiliza las raíces indígenas que Parrales y Guale defendió. El 2 de agosto de 1780 debería ser un faro cívico: es un recordatorio de que la soberanía comienza en la tierra, un principio que resuena en el Ecuador 

La gesta de Manuel Inocencio, al usar las leyes coloniales contra el colonizador, es un modelo de resistencia creativa que merece más que un reconocimiento académico; debería ser un pilar de la identidad manabita.

Estos episodios, separados por 40 años, revelan la evolución de la resistencia manabita: del reformismo indígena colonial al republicanismo criollo-liberal. Parrales representa la autonomía "desde abajo" (indígena, legalista, territorial), un precursor sutil que genera pertinencia en comunidades sin derramar sangre, pero cuestionando el yugo español en su raíz económica: la tierra. En cambio, 1820 es la independencia "desde arriba", inspirada en la Ilustración y las revoluciones atlánticas, colectivas y armadas, que une a criollos, mestizos e indígenas en un proyecto nacional.

Como base a la tercera crítica, este es un necesario cuadro comparativo:

Aspecto

Episodio de 1780 (Parrales y Guale)

Episodio de 1820 (Adhesión de Jipijapa)

Naturaleza

Reformista y autonomista: reclamo legal por tierras ancestrales dentro del sistema colonial.

Independentista radical: ruptura total con España, adhesión a la república guayaquileña.

Protagonistas

Líder indígena (cacique) y comunidad nativa; viajes a Madrid.

Pueblo entero (campesinos, artesanos); impulsado por mensajeros guayaquileños.

Impacto Inmediato

Títulos de propiedad para 5.900 ha. en Jipijapa y regiones aledañas (Paján, etc.); protección contra despojos.

Primer cantón manabita libre de españa; base para provincialización de Manabí en 1824.

Legado en la Memoria

Reconocido en 2011 como precursor agrario; natalicio (17 junio) conmemorado localmente.

Fecha cívica oficial (15 octubre); desfiles anuales, turismo y orgullo patrio.

Conexión

Sembró cohesión territorial que facilitó la adhesión de 1820.

Culmina ideales de Parrales en soberanía plena.

En esencia, Parrales y Guale es el "padre fundador" de la autonomía regional, mientras que 1820 es su "hijo rebelde" que la universaliza. El mayor énfasis en lo segundo obedece a la narrativa nacional independentista, pero el primero gana relevancia hoy en debates sobre derechos y política agraria; juntos, muestran que la historia de Manabí no es lineal, sino un tapiz de muchos hechos y, en este caso: la de Parrales y Guale aseguró la tierra para que en 1820 el pueblo pudiera tener libertad política alejada de las decisiones de la Corona.

Finalmente, una crítica al presente: Jipijapa, y Manabí en general, podrían revitalizar el 2 de agosto como una fecha que conecte el pasado con los retos actuales, pues la la victoria de Cacique Manuel Inocencio Parrales y Guale es un llamado a defender los recursos y la identidad local, pues la memoria de Parrales no compite con la de 1820; la sustenta. Jipijapa no debe elegir entre sus héroes, pero sí reequilibrar su relato para que el Cacique brille tanto como la bandera de la gesta del 9 de Octubre.

Nota final: 

Este análisis se redactó revisando textos disponibles en la red, consecuentemente puede contener sesgos o imprecisiones históricas, por lo que se invita al amable lector a revisar los datos con una mirada crítica, realizar los comentarios y observaciones necesarias que puedan servir para mejorar o ampliar el contenido.

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Datos sobre el autor:

18 de junio de 2017

¿Cuándo empezaremos en Manabí a debatir sobre los mitos en los que hemos construido nuestra identidad?

Es indudable que las redes sociales virtuales es un mundo amorfo, llenos de cuentas que son manejadas por humanos asociados a un sinnúmero de estereoptipos, de los cual se puede y debe esperar -literalmente- todo. Pero en ese “todo” hay un componente fundamental: personas reales, tangibles, verificables y que son aportes al desarrollo del pensamiento.

Pero en ese multimundo, de una u otra manera, muchos debates se arman con cuentas que corresponde a personas que viven en un mismo país, pero también se generan comentarios para un estudio etnográfico.

Así como existen banalidades también se presentan casos dignos de entrar en preocupación por la manera que reaccionan los humanos que, podrían pensarse, tienen niveles intelectuales y académicos superiores, que tienen capacidad de análisis y crítica.

Mi preocupación nace cuando en el TL de mi cuenta en Twitter hubo una reacción (de las tantas) por preguntas que llamaba a la reflexión: “¿Alguno de estos héroes indígenas ha contribuido en algo al conocimiento universitario? ¿Entonces qué hacen en la Universidad Central?” con referencia a los bustos que en su momento estuvieron en la Plaza Indoamérica, ciudad de Quito – Ecuador.
Después de leer los comentarios que siguieron a esas preguntas, decidí aportar: “No había leído este tuit. En lo personal puede ser un interesante análisis para conocer la influencia ancestral en la constru social actual.” Ver original.

Pero en la mayoría de respuestas a las preguntas de Luis Espinosa Goded, la temática se centró en aspectos tangenciales, más relacionados con lo que yo llamo el “patrioterismo irracional”, además de los típicos insultos en estos casos y comentarios con claras muestras de ignorancia sobre esos monumentos.

La preocupación aumentó cuando también pude leer frases sobre la distorsión del significado de “cultura” y de “ancestralidad”; en medio de ello la clara muestra que no se generó un debate sobre un legítimo cuestionamiento a una parte del entorno urbano de Quito y, en específico, de la Universidad Central del Ecuador, ícono de la academia ecuatoriana.

El clímax de mi preocupación ocurre al darme cuenta que no tenemos la capacidad de cuestionar ni ser cuestionados, como un ejercicio de construcción de nuestra identidad y reforzamiento de nuestros espacios multiculturales urbanos y rurales, físicos y mentales.

Pero quiero extraer una de las referencias de mi libro: Hebert Readen su publicación "Al diablo con la cultura", señala que en la lengua del culto pueblo heleno no existía el equivalente de la palabra cultura. Los griegos contaban con importantes matemáticos, célebres filósofos, grandes arquitectos, pero en ningún momento se les ocurrió acuñar una palabra que englobase a las obras producidas por esos notables.

El vocablo “cultura” apareció registrado por primera vez en el año 1510, en pleno Renacimiento. Sería ridículo imaginar que hasta aquel día del año 1510 el mundo entero era inculto. Ese día sólo se le otorgó una palabra a un hecho común a los seres humanos desde que comenzaron a articular los primeros fonemas y trazar las primeras líneas. La cultura estuvo siempre, únicamente había que darle un nombre. Una vez que se lo dieron, quedó para siempre. La cultura comenzó a ser algo más vasto que la palabra que la designaba. Vasto y complejo, tanto que todavía se discute con énfasis qué se entiende realmente. (cContenido en mi libro)

Pues bien, en la línea de la crítica y el cuestionamiento está mi convivencia en Manabí, lugar en que el “amor al terruño” nos ha llevado a taparnos los ojos sobre los graves problemas políticos, sociales y económicos, y por ello dejamos de evaluar a una de las creencias culturales que se encuentra bajo el título de “lo montubio” y que luego pasó a escribirse “lo montuvio”.

Nunca nadie ha cuestionado públicamente el aporte al desarrollo de Manabí de la cultura montub(v)ia. Si lo hiciese, estoy seguro, afrontaría los mismos ataques que Luis Espinosa Goded, incluyendo la palabra “atrasapueblos” o el slogan de barricada “Con Manabí no se juega”.

En ese marco del no-cuestionamiento, se encuentra el expresidente Eloy Alfaro, a quien un show de televisión lo consagró como “el mejor presidente de todos los tiempos” y que con el tiempo se convirtió en una verdad única. Muy pocos hemos pedido el estudio histórico comparativo, hemos tratado de acceder a información sobre su sistema de administración pública, a su capacidad de controlar los actos deshonestos de sus funcionarios… pero yo casi no he logrado acceder a esos datos.

Igual ocurre con la palabra que parece salvación de la ineficiencia: “minga”.

Días después el mencionado tuitero publicó en su cuenta de Facebook, una reflexión, que bien puede servir para que desde estas tierras manabitas, empecemos a cuestionar argumentadamente cada uno de los aspectos que nos inducen a pensar como humanos ciegamente dogmáticos.

El escrito merece estar en otro post (leer el texto completo) pero considero necesario resaltar lo que bien nos vendría en Manabí: “Muchos amigos me pregunta por qué sigo insistiendo en hablar de estas esculturas, o por qué he respondido a tantos de quienes me han cuestionado. Bueno, pues porque creo que los símbolos son los que construyen los mitos, y sobre los mitos son sobre los que se construyen las realidades actuales. Y sobre mitos fundacionales frentistas, erróneos y vengadores es imposible construir un futuro próspero o feliz.”

El lío en que se metió Luis es digno de resaltarlo, para dejar de ser “sentimentaloides y patrioteros” a la hora de evaluar los proyectos de desarrollo en Manabí, cuando llegue la hora del debate sobre los temas trascendentales en nuestra provincia, para que no solo sea una fuerza electoral sino también política en Ecuador.

No, no es nuevo lo que comento en este post a propósito del tuit detonante, lo he dicho en mis otros post, uno de ellos: “¿Hace falta una propuesta política para Manabí?

Entonces solo me queda parafrasear a Luis Espinosa Goded: “… por una cultura del debate en Manabí”

No quiero dejar este post a consideración de mis lectores, sin antes recomendarles un libro que nos ayudará a re-pensar lo cultural en Manabí: “El viaje imposible. El turismo y sus imágenes”, una serie de crónicas etnográficas de Marc Augé. (Para descargar en versión PDF).