Mostrando entradas con la etiqueta súplica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta súplica. Mostrar todas las entradas

9 de octubre de 2026

Súplica al Concejo Cantonal de Jipijapa

¡Oh, señores del Concejo Cantonal de Jipijapa! A vosotros me dirijo, no con la tibieza del súbdito sumiso ni con la formalidad estéril de los trámites burocráticos, sino con la voz que se alza desde el pecho herido de quien contempla la ruina de lo que debió ser gloria. El Malecón de Puerto Cayo, esa obra que costó casi tres millones de dólares al erario público y que debió ser baluarte del turismo, de la sana convivencia y del orgullo manabita, yace hoy sometido a un proceso lento, silenciosa y criminal de destrucción.

No es el irresponsable ciudadano ni el oleaje furioso el principal verdugo: sois vosotros, con vuestra indiferencia, los que habéis entregado al abandono esa infraestructura que un día brilló como promesa.

¿Qué es el poder si no se ejerce para preservar el bien común? Juan Montalvo nos enseñó que la tiranía no siempre viste uniformes ni brandé espadas; a veces se disfraza de negligencia, de farolas apagadas, de lámparas rotas que nadie repone y de señalética que se oxida mientras los ciudadanos miramos con impotencia. El Malecón de Puerto Cayo no pide oro ni mármoles nuevos, pide sólo que no lo matéis a golpes de olvido. Cada lámpara dañada, cada tramo a oscuras, cada contenedor de basura que se deteriora es una herida abierta en el cuerpo de nuestra tierra.

Recordad, alcalde y ediles, que esa obra no es propiedad de una administración pasajera, es patrimonio de los jipijapenses, de quienes allí vivimos y trabajamos a diario, de los niños y deportistas que corren por su caminadera, de los turistas que alguna vez llegaron atraídos por la belleza prometida. Cuando la Municipalidad anuncia “transformaciones” y “adecuaciones” con cifras modestas, mientras el deterioro avanza a paso firme, ¿No estaréis acaso engañando al pueblo con palabras huecas mientras dejáis que la estructura se desmorone? o ¿Acaso no tenéis quien os asesore?

¡Qué vergüenza para un cantón que se jacta de su historia y de su futuro! El Malecón de Puerto Cayo fue levantado con el sudor de los contribuyentes y aún lo seguimos pagando con la esperanza de un desarrollo sostenible. Hoy, lejos de ser custodiado, es entregado a la muerte lenta: luces que parpadean como agonizantes, farolas apagadas que invitan al delito y a la tristeza, además de un silencio oficial que resulta más ensordecedor que cualquier grito. ¿Dónde está la vigilancia? ¿Dónde el mantenimiento constante que toda obra pública exige para no convertirse en escombros?

¡Y ved ahora, señores funcionarios electos, la más sutil de las engañifas! Un grupo de trabajadores se afana en barrer, de retirar basura, y el Malecón, a primera vista, parece limpio, pero no lo está; la apariencia engaña como engaña el barniz sobre la madera carcomida. No basta con tener personal de barrido que oculte o se lleve la suciedad superficial mientras las heridas profundas como las farolas rotas, las palmeras sin cuidado, las estructuras que se resquebrajan, continúan sangrando en silencio. Esa limpieza de fachada es el disfraz con que se viste la negligencia para que el pueblo crea que algo se hace, cuando en verdad nada esencial se repara.

Limpiar no es restaurar; barrer no es preservar; mientras no se acometa la verdadera cura de la infraestructura, esa labor cotidiana no será sino un paliativo hipócrita que disimula la destrucción en marcha.

No os pido, señores Alcalde y concejales, que levantéis monumentos de mármol ni que derrochéis millones en obras faraónicas, os pido algo más sencillo y más noble: que frenéis el proyecto de destrucción que, deliberado o no, se ejecuta día tras día bajo vuestra mirada. Gestiones urgentes, brigadas de reparación, reposición de luminarias, mantenimiento real y no cosmético; sobre todo, la voluntad política de no dejar morir lo que aún puede salvarse. Porque el abandono es también una forma de violencia contra nosotros los ciudadanos.

¿Acaso no veis que cada lámpara rota es un testimonio de vuestra negligencia? ¿No escucháis el lamento de los empresarios y residentes que ven menguar sus ingresos mientras la infraestructura se desmorona? El Malecón no es un adorno prescindible: es el corazón turístico de Puerto Cayo, es la imagen para la promoción y la propaganda, donde la economía local también late con fuerza. Dejarlo morir es atentar contra el sustento de familias enteras y contra el símbolo mismo del cantón.

En tiempos de Juan Montalvo se combatía la tiranía con la pluma inflamada y la palabra justa; hoy, en este rincón rural de Manabí, la tiranía se llama indiferencia administrativa. Vosotros tenéis en vuestras manos el poder de detenerla, no permitáis que la historia os juzgue como aquellos gobernantes que preferían el silencio cómodo a la acción valiente. El pueblo os observa, y la posteridad también.

Haced, pues, las gestiones necesarias, convocad a los técnicos, asignad los recursos, exigid a las empresas responsables el cumplimiento de sus obligaciones; que no se diga mañana que el Concejo Cantonal de Jipijapa contempló impasible cómo se extinguía una de las obras más significativas de su jurisdicción. Que no se escriba: mientras se hablaba de corredores gastronómicos y de proyectos futuros, se dejaba morir el presente.

Esta no es una petición formal de un ciudadano cualquiera, es la súplica de quien ha recorrido el Malecón con la cámara y con el corazón, quien ha documentado sus heridas en reportajes y en las redes, quien se niega a callar mientras se consuma el desastre; una voz de Puerto Cayo que clama por dignidad.

Señores del Concejo: detened la destrucción, restaurad lo que aún puede restaurarse. Honrad el dinero público invertido y, sobre todo, honrad al pueblo que os eligió, porque si el Malecón muere bajo vuestra administración, no será el mar quien lo haya vencido, sino vuestra propia indolencia. Y esa culpa, creedme, no se lava con discursos ni con promesas aplazadas.

Y no se piense, señores del Concejo, que esta súplica nace de un egoísmo de barrio ni de una mirada estrecha que sólo ve lo que tiene delante de la casa. Bien sé que la Municipalidad carga sobre sus hombros males más profundos y complejos: caminos que se deshacen, playa sometida a la depredación, empleo que escasea, delincuencia que arremete sin compasión y una economía local que agoniza en demasiados rincones. El Malecón de Puerto Cayo no es el único problema ni siquiera el más grave; es, sin embargo, el símbolo visible de una desidia que se repite en tantas otras heridas de la parroquia. Defenderlo no es olvidar lo demás: es denunciar, desde un punto concreto y sangrante, el mismo espíritu de abandono que corroe al conjunto; porque quien deja morir lo cercano, ¿Cómo podrá salvar lo lejano?

¡Que la conciencia os ilumine antes de que sea demasiado tarde!

---------

Datos sobre el autor: