Páginas

26 de septiembre de 2007

Un libro para la tumba de mi padre

Raúl Zavala Orlando. 
Bastaron tres meses y luego otros 30 segundos para saber que ya nunca más vería con vida a Raúl Zavala Orlando; no será suficiente todo el resto de mi existencia para aceptar la ausencia dejada por él. Así es como resumo la muerte mi padre, pero también sé que es necesario contar el inicio y su fin, de tal forma que esta experiencia sirva de ejemplo para quienes aún les falta afrontar esta parte de la existencia humana.

No soy el primero ni el último que pierde a su padre, pero sí está a mi alcance el poder explicar lo ocurrido con él, porque de nada sirve la muerte de un ser humano si es que no puede auxiliar a los que fueron parte de su vida. Don Zavala, como sus compañeros lo conocían, ayudó mientras pudo ver el resplandor del sol y lo mismo ocurre ahora que le rodean las sombras eternas.

Un simple dolor en la en la ingle se convirtió en un cáncer que no dio tiempo para buscar alternativas de salvación; médicos de Portoviejo y Quito nada pudieron hacer para salvar la vida de quien supo engendrar vida. La dureza y la exactitud con que el oncólogo (especialista en el tratamiento del cáncer) supo advertirnos sobre lo que ocurría con él, fueron base para afrontar las tribulaciones que sobrevendrían antes de su último suspiro.

Los 30 días previos al fallecimiento de "zavaluca" -que fue como con cariño lo apodé- invadieron en su casa, nuestra casa, suficientes sentimientos de nostalgia, amargura y risas; muy a pesar de conocer en lo que acabaría, mi padre supo recordar en voz alta los momentos que le hicieron sonreír, supo llorar como un niño junto a mi madre y siempre tuvo una broma a flor de labios, como buen hinca del Deportivo Quito y miembro de la "Culta barra".

Definitivamente, los tiempos fueron malos por lo que nos esperaba y buenos porque nos permitió redescubrir el mundo de "El Chin" -así es como lo trataban sus hermanos-, un mundo con familia y amigos; además, uno que otro enemigo, que no fueron más de tres, exactamente.

Mientras viajó por el mundo y disfrutó de la música clásica construyó su familia: mi madre a la cabeza y nosotros, sus cuatro hijos, su suegra, sus cuñados y cuñadas; en ese trajinar de marinero se dejó conquistar por los que ahora son y serán sus amigos, por eso no lo abandonaron ni aún en sus momentos de gloria.

El cáncer que aniquiló al "León de la Montaña" -como lo trataban sus primos de Jipijapa- fue solamente el vehículo que transportó el dolor del corazón a su cuerpo cuando descubrió y conoció a sus enemigos, los únicos que sintieron en él la amenaza de su inteligencia, su capacidad y su calidad para hacer el bien, todas esas cualidades producto de su educación militar, de cientos de horas de trabajo y de miles de libros leídos que le acompañaron en sus desvelos como en su tranquilidad.

Los tesoros materiales más grandes de mi padre fueron su casa en Puerto Cayo o Puerto Zavala como lo llamaba él, su colección de música clásica -la 5ta. Sinfonía de Beetohoven y el Concierto de Aranjuez, sus favoritos- y su biblioteca -nunca existió libro malo para él. El dolor físico que resistió históicamente mi padre a causa de su enfermedad no fue nada ante su incapacidad de leer en sus postreras horas; hoy, su última adquisición: "Gracias por el fuego" de Mario Benedetti, reposa aún en su velador, con la esquina de la página 49 doblada, el inicio del capítulo IV que al parecer no podrá disfrutarlo en su hogar y saboreando un café acompañado por un cigarrillo.

La madrugada del 31 de marzo de 2002 llegó el momento para el que mi padre se preparó, pues estuvo consciente que al no sentir mejoría lo más seguro era su muerte y la recibió como el quiso, con dignidad y en brazos de su pareja que le acompaño por más de 40 años, a quien amó y dedicó su aliento final. Los que estuvimos presentes empezamos a vestirlo con el terno blanco, el de las grandes ocasiones y que lo había pedido a su debido tiempo, en la solapa con la condecoración de oro que la Contraloría General de la Nación le otorgó en reconocimiento a los 25 y más años de servicio a esa institución; lo guardamos en el ataúd diseñado por él mismo para que cumpla con su último acto público.

La vivienda actual de mi padre está en la bóveda D37 de las criptas de la Catedral Metropolitana de Portoviejo. En su lápida reza el resumen de su filosofía de vida: "Ver las cosas como son y no como deberían ser"; las flores del día de su velorio le acompañaron hasta el día de su cumpleaños, 3 de abril de 2002 y en adelante ninguna más, porque Raúl Zavala Orlando tiene ahora todo el tiempo para leer y por eso siempre hará falta un libro para la tumba de mi padre.