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25 de junio de 2018

Eva Moreno: clases en las que es imposible dar clase

En lo que conozco sobre temas educativos nunca había escuchado la expresión "instituto-gueto" en referencia a una parte del sistema escolar: fue Eva Moreno que me condujo hasta ese mundo en Madrid - España. Leí con atención su explicación y supe que en Ecuador bien puede estar ocurriendo lo mismo en el "invisible" escenario de las reformas a la educación pública.

El aporte de Eva fue a través de su cuenta en Twitter @evamamoba, y ante tan preocupantes revelaciones, decidí convertir el hilo de tuits en un post que a continuación transcribo con las correspondientes ediciones de forma.

Trabajo en un instituto-gueto de esos que la administración mantiene abiertos para poder aparcar a los marginados de Madrid. Es público, claro. Para que los concertados funcionen bien hay que tener sitios así. Es la lógica de este sistema educativo.

Mis alumnos son:

- Hijos de familias que los escolarizan para cobrar el REMI
- Hijos de inmigrantes ilegales
- Recién llegados de países pobres con sistemas educativos    muy precarios
- Hijos de parados de larga duración
- Expulsados de la concertada. Etc.

Los problemas que presentan son:

- No tienen dinero para comprar libros, por lo que ninguno los compra. El instituto presta los que puede con los fondos que tiene, pero no alcanza ni para la mitad.
- Muchos no traen ni boli a clase, ni cuaderno ni nada.
- Faltan muchísimo, los padres suelen justificar las faltas.
- La gran mayoría no ve a sus padres en todo el día, por lo que pasan la tarde solos con los móviles o en la calle.
- Por cierto, suelen tener móviles caros, lo cual se contradice con que no tengan libros, pero es que los padres suelen compensar carencias comprándoles caprichos.
- Muchos pertenecen a familias desestructuradas, en las que ningún adulto se ocupa verdaderamente de ellos.
- Muchos tienen padres analfabetos o sin estudios que no pueden ayudarlos con los deberes.
- A menudo conviven con problemas de alcoholismo, drogadicción, narcotráfico...
- A veces faltan porque ayudan a sus padres en la obra o en el mercadillo, o a sus madres limpiando casas.
- Casi todos/as tienen hermanos pequeños de los que se ocupan: los llevan al colegio, los cuidan si están enfermos. Esto también produce mucho absentismo.

- A las reuniones de padres no vienen ni el 20%. Muchos son ilocalizables por teléfono.
- A veces cuando les citas y ven que eres mujer te dicen que quieren hablar con un hombre. Es su cultura
- Muchos padres se ponen desagradables o violentos cuando su hijo es sancionado.
- He tenido unas cuantas alumnas que han sufrido violaciones de familiares.
- Embarazos veo a montones. A veces abortan, a veces lo tienen. Con 14 años.
- A una alumna este año su hermano la quería prostituir.
- Otras se escapan con el novio.
- Algunas son maltratadas.
- También tenemos muchos casos de ACNEEs diagnosticados. Sin embargo, son muchos más los que están sin diagnosticar pero son evidentes. El sistema, ya sea aquí o en su país de origen no los ha detectado, supongo que por falta de medios en ambos casos.

Por todo esto, cuando llegan al instituto, la mayoría de nuestros alumnos ya tienen escrito FRACASO ESCOLAR en la frente, aunque para ellos y sus familias tampoco es ese el mayor de sus problemas. Y para nuestra sociedad aún menos, pues viene bien que haya trabajadores sin cualificar a los que explotar.

Para los profesores de la pública esto se traduce en clases en las que es imposible dar clase, donde a menudo sufrimos agresiones verbales y en las que la falta de hábitos de trabajo de nuestros alumnos convierte nuestro día a día en una batalla contra la desmotivación. La de ellos y la nuestra.

Y es que hay que enseñarles análisis sintáctico, la Reconquista, el siglo de Oro, las leyes de la física, integrales, Etc. cuando apenas saben leer ni escribir, y menos aún multiplicar o dividir. Pues aun así, cada día yo veo a mis compañeros y compañeras, profesores y profesoras de institutos públicos, muchos de los cuales son como el mío, intentar sacar a estos alumnos adelante. Intentar sacar lo mejor de ellos. Y con frecuencia no podemos hacer mucho. Porque el problema no está solo en la escuela. Esta fuera.

Pero lo intentamos, a pesar de:
- Inspectores que nos hacen revisar una y otra vez las programaciones porque no se ajustan a forma.
- Burocracias múltiples que nos quitan energía y tiempo.
- Aulas sobrecargadas.
- Horarios lectivos excesivos.
- Ordenadores viejos.
- Pedagogos que se inventan una nueva tontería cada año para poder llenar cursos.
- Y gente que nos critica por quejarnos y demandar una escuela pública de calidad. Lo cual solo se conseguirá el día que, entre otras cosas, desaparezca la concertada y desaparezcan los guetos.

Hasta aquí lo expuesto con Eva y al final expone:




Eva mantiene el blog "Cuéntamelo... en menos de cien palabras" y ha escrito algunas novelas.

elmundo.es publicó una nota relaciona con esta temática a la que tituló "Un informe de UNICEF denuncia la exclusión educativa en España - Guetos en el instituto"

26 de septiembre de 2007

Un libro para la tumba de mi padre

Bastaron tres meses y luego otros 30 segundos para saber que ya nunca más vería con vida a Raúl Zavala Orlando; no será suficiente todo el resto de mi existencia para aceptar la ausencia dejada por él. Así es como resumo la muerte mi padre, pero también sé que es necesario contar el inicio y su fin, de tal forma que esta experiencia sirva de ejemplo para quienes aún les falta afrontar esta parte de la existencia humana.

Raúl Zavala Orlando. 
No soy el primero ni el último que pierde a su padre, pero sí está a mi alcance el poder explicar lo ocurrido con él, porque de nada sirve la muerte de un ser humano si es que no puede auxiliar a los que fueron parte de su vida. Don Zavala, como sus compañeros lo conocían, ayudó mientras pudo ver el resplandor del sol y lo mismo ocurre ahora que le rodean las sombras eternas.

Un simple dolor en la en la ingle se convirtió en un cáncer que no dio tiempo para buscar alternativas de salvación; médicos de Portoviejo y Quito nada pudieron hacer para salvar la vida de quien supo engendrar vida. La dureza y la exactitud con que el oncólogo (especialista en el tratamiento del cáncer) supo advertirnos sobre lo que ocurría con él, fueron base para afrontar las tribulaciones que sobrevendrían antes de su último suspiro.

Los 30 días previos al fallecimiento de "zavaluca" -que fue como con cariño lo apodé- invadieron en su casa, nuestra casa, suficientes sentimientos de nostalgia, amargura y risas; muy a pesar de conocer en lo que acabaría, mi padre supo recordar en voz alta los momentos que le hicieron sonreír, supo llorar como un niño junto a mi madre y siempre tuvo una broma a flor de labios, como buen hinca del Deportivo Quito y miembro de la "Culta barra".

Definitivamente, los tiempos fueron malos por lo que nos esperaba y buenos porque nos permitió redescubrir el mundo de "El Chin" -así es como lo trataban sus hermanos-, un mundo con familia y amigos; además, uno que otro enemigo, que no fueron más de tres, exactamente.

Mientras viajó por el mundo y disfrutó de la música clásica construyó su familia: mi madre a la cabeza y nosotros, sus cuatro hijos, su suegra, sus cuñados y cuñadas; en ese trajinar de marinero se dejó conquistar por los que ahora son y serán sus amigos, por eso no lo abandonaron ni aún en sus momentos de gloria.

El cáncer que aniquiló al "León de la Montaña" -como lo trataban sus primos de Jipijapa- fue solamente el vehículo que transportó el dolor del corazón a su cuerpo cuando descubrió y conoció a sus enemigos, los únicos que sintieron en él la amenaza de su inteligencia, su capacidad y su calidad para hacer el bien, todas esas cualidades producto de su educación militar, de cientos de horas de trabajo y de miles de libros leídos que le acompañaron en sus desvelos como en su tranquilidad.

Los tesoros materiales más grandes de mi padre fueron su casa en Puerto Cayo o Puerto Zavala como lo llamaba él, su colección de música clásica -la 5ta. Sinfonía de Beetohoven y el Concierto de Aranjuez, sus favoritos- y su biblioteca -nunca existió libro malo para él. El dolor físico que resistió históicamente mi padre a causa de su enfermedad no fue nada ante su incapacidad de leer en sus postreras horas; hoy, su última adquisición: "Gracias por el fuego" de Mario Benedetti, reposa aún en su velador, con la esquina de la página 49 doblada, el inicio del capítulo IV que al parecer no podrá disfrutarlo en su hogar y saboreando un café acompañado por un cigarrillo.

La madrugada del 31 de marzo de 2002 llegó el momento para el que mi padre se preparó, pues estuvo consciente que al no sentir mejoría lo más seguro era su muerte y la recibió como el quiso, con dignidad y en brazos de su pareja que le acompaño por más de 40 años, a quien amó y dedicó su aliento final. Los que estuvimos presentes empezamos a vestirlo con el terno blanco, el de las grandes ocasiones y que lo había pedido a su debido tiempo, en la solapa con la condecoración de oro que la Contraloría General de la Nación le otorgó en reconocimiento a los 25 y más años de servicio a esa institución; lo guardamos en el ataúd diseñado por él mismo para que cumpla con su último acto público.

La vivienda actual de mi padre está en la bóveda D37 de las criptas de la Catedral Metropolitana de Portoviejo. En su lápida reza el resumen de su filosofía de vida: "Ver las cosas como son y no como deberían ser"; las flores del día de su velorio le acompañaron hasta el día de su cumpleaños, 3 de abril de 2002 y en adelante ninguna más, porque Raúl Zavala Orlando tiene ahora todo el tiempo para leer y por eso siempre hará falta un libro para la tumba de mi padre.