En una parcela de Bellavista, en la playa de Puerto Cayo o en un taller de Canuto, hombres y mujeres trabajan desde el amanecer, son agricultores, pescadores, jubilados, mujeres, migrantes, profesionales y jóvenes que regresamos al campo, pero al final del mes el dinero no alcanza para la canasta básica; es el drama del empleo rural en Manabí.
La ENEMDU
de marzo 2026 (INEC) registró la pérdida de 186.242 empleos adecuados a nivel
nacional; tasa cayó del 34,2 % al 32,1 %. En la zona rural la brecha es mayor:
solo entre el 18% y 20% tiene un empleo pleno, la mayoría sobrevivimos del subempleo,
el apoyo familiar o actividades estacionales.
El problema
no se resuelve solo con más inversión pública. El campo manabita es mucho más
que agricultura y ganadería; por tanto, lo que hace falta son planes, proyectos
y programas serios que fomenten de forma decidida la inversión privada y
generen actividades económicas estables, que no dependan de las temporadas de
cosecha, pesca o turismo.
Urge un
rumbo estratégico de largo plazo acordado por cuatro niveles de gobierno, que
trascienda lo electoral: formalización real de negocios rurales, incentivos
para la inversión privada, desarrollo de cadenas de valor y actividades que
generen ingresos durante todo el año.
¿Y de lo
rural qué? Es hora de pasar del asistencialismo a una real política de
desarrollo rural estable, porque en Manabí y en otras provincias trabajamos
mucho, pero el empleo no da para comer y tampoco ofrece un presente seguro.
Vivimos con la incertidumbre, sin saber qué llegará primero: si el nuevo
amanecer o un imprevisto.
Publicado originalmente en @eldiarioec el domingo 10 de mayo de 2026
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