Aquella mañana del lunes 4 de abril de 2026, los PUMAS Joel Coronel, Domingo Ruales, Guillermo Escobar y Gabriel Martínez, expresaron muy solemnemente ante Madre las razones de su presencia; ella, visiblemente llorosa y aún en su estado de convalecencia, sosteniendo entre sus manos mi Boina Verde, los escuchó, les agradeció y también les contó lo que para ella le ha significado durante décadas esta prenda militar.
Llegaron enternados, cada uno luciendo su Boina Verde, vinieron desde Guayaquil, tenían una sola misión y la cumplieron: traer a Madre el saludo de la Hermandad PUMAS. Sí, fueron mis compañeros con los que inicié mi vida militar hace más ya de 40 años, que llegaron hasta mi casa en Puerto Cayo con palabras de bienaventuranza y aliento para que sea posible sobrepasar las crisis familiar.
Mis amigos y hermanos, al conocer el complicado estado de salud de Madre, nuevamente se activaron para acudir en mi apoyo, no como un acto esporádico, sí como parte de los sentimientos que nos unen muy a pesar que tomamos rumbos diferentes mientras estuvimos de servicio y ahora que estamos fuera de los cuarteles; pero el hilo de amistad forjado como acero no se rompió.
Gratitud, sí... una especial gratitud está albergada en mi mente y corazón, para cada uno de quienes a pesar de la distancia física se unieron para solidarizarse, para quienes tuvieron la gentileza de llamarme, de escribirme, para para estar presentes, tal como lo hicieron cuando las exigencias de los cursos me llamaban a que abandone la ilusión de ser un soldado de Fuerzas Especiales y ellos me empujaron para que no desmayara en mi propósito.
Recalco la palabra "nuevamente" porque cuando alguno de nosotros ha debido hacer frente a situaciones adversas de manera personal o de sus familiares cercanos, automáticamente se da la voz de alerta y empiezan las gestiones para armar los niveles de apoyo que el compañero requiera. También para enviar señales advirtiendo que no está sólo, que tras él está un grupo de amigos, camaradas, compañeros, bodys... que no lo abandonan, tal como un día lo aprendimos en los duros días de entrenamiento y empleo.
Esta visita me resultó como la sensación de cuando uno está atrincherado, mira la llegada del helicóptero con la logística y los refuerzos, el que trae la consigna de la necesidad de mantenerse firmes en los puestos pase lo que pase, con la noticia de que en la retaguardia está todo listo para cuando llegue el momento de entrar en combate o de evacuar vivo o muerto.
De estas sensaciones de seguro muchos compañeros ya las han vivido y son historias que también quisiera escribirlas, para que las huellas que dejamos sobre este mundo no se borren con facilidad con el pasar de los años; para que nuestros nietos y sus hijos tengan presente que donde hay amigos no mueren amigos.
Me habría gustado estar vestido para la ocasión, pero estaba en mi trinchera con mi ropa de trabajo, así que para la foto de la ocasión volví a colocarme mi Boina Verde, un símbolo que ha trascendido el tiempo y las fronteras, que la guardo como el mayor tesoro del paso por esta vida.
Tengo el vídeo con las palabras de Madre, de Coronel, de Ruales, de Escobar y de Martínez, pero mientras lo revisaba en medio de sentimientos encontrados y ojos llorosos, me llega un mensaje desde Quito, de un amigo de la infancia, afirma que se ha enterado de la visita de los PUMAS y lo acompaña de una melodía, la escucho con atención y las lágrimas vuelven a caer y tomo una decisión, esperando que se convierta en un himno para nuestra Hermandad.
Dedicado a mis compañeros de la IV Promoción de PUMAS, formados en el mítico GFE 111 RAYO.
Título de la canción: Después del uniforme
Colgué el uniforme un día y el mundo creyó que terminó mi andar, pero hay marchas que no se olvidan ni órdenes que el alma pueda borrar.
Ya no suena diana en mi ventana ni formo lista al amanecer, mas mi cuerpo despierta solo como si aún tuviera puesto el deber.
Muchos creen que un hombre deja de ser soldado al colgar el fusil sin saber que ciertas guerras se quedan para siempre, siempre dentro de ti.
Después del uniforme sigo siendo el mismo, aunque el tiempo me arrancara el camuflaje.
Porque el hombre que sirvió a la bandera no se vuelve un civil de la noche al amanecer.
Ya no marcho en la columna de mi escuadra. Ya no escucho el silbato antes de correr, pero llevo en cada paso de mi vida la costumbre de jamás retroceder.
Hay hermanos que no miro a diario, pero sé que siguen firmes como ayer cada uno tomó su rumbo más la sangre de combate une la piel.
Compartimos hambre y madrugada, lluvia, polvo, fuego y tensión.
Y ese vínculo no lo rompe ni la muerte ni el adiós, porque aquel que fue mi hermano cuando el miedo respiraba alrededor, aunque el tiempo nos separe, cuenta siempre con mi honor.
Después del uniforme sigo siendo el mismo, aunque el tiempo me arrancara el camuflaje.
Porque el hombre que sirvió a la bandera no se vuelve un civil de la noche al amanecer.
Ya no marcho en la columna de mi escuadra. Ya no escucho el silbato antes de correr, pero llevo en cada paso de mi vida la costumbre de jamás retroceder.
Hay días en que extraño el peso del equipo la tensión del silencio antes de avanzar, porque algunos fuimos hechos para el hierro y nos cuesta aprender a descansar.
La vida fuera del cuartel no entiende al veterano cuando observa en silencio alrededor, pues quien vivió siempre alerta nunca baja por completo su instinto de combate.
No oculto el tiempo que fui soldado ni las huellas que dejo en mi andar, porque servir bajo esa bandera fue el orgullo más grande que pude portar.
Y si preguntan quién fui un día yo respondo sin mirar atrás: fui soldado de mis convicciones y eso no se deja jamás.
Después del uniforme sigo siendo el mismo, aunque el tiempo me arrancara el camuflaje.
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Datos sobre el editor de la nota:
Canal de vídeos: https://www.youtube.com/@RaulZavala


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