Ayer 27 de julio de 2026 fue mi cumpleaños número 63 que rompió mi esquema de celebraciones con mucho ruido, alegrías y expectativas, esta vez fue con más silencio y solidaridad ante la crisis de salud de Madre. Mi actividad fue de las normales en este nuevo estilo de vida en que hay un privilegio muy marcado de una normalidad dinámica. Por primera vez en décadas no estuvieron presentes las cariñosas palabras de Madre, ni sus planes para armar una buena comida y en medio de lágrimas recordé, tal vez, nuestro último brindis.
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| El primer brindis con madre en el almuerzo del primer día del 2026 |
Desde que tengo uso de razón un patrón se ha cumplido cada década: el cambio en la manera de afrontar mi supervivencia, bien sea cambios laborales o aspectos sociales o por migración hacia otras latitudes al interior de Ecuador y ahora ocurrió cuando decidí radicarme en Puerto Cayo, como parte de recuperar la tranquilidad y en apoyo a mi Madre que ya no quería vivir su vida de jubilada en Portoviejo.
Ayer cumplí 63 años y a los 60 abandoné el ejercicio del periodismo, Madre ya había tenido su primera crisis de salud cuando tuvo un cuadro de hiperglucemia y tuvo que ser hospitalizada de urgencia y como resultado es que debía cuidar su dieta, hacer ejercicios y, sobre todo, aprender a usar la insulina; entonces, tuve que reacomodar lo que había construido en las tres últimas décadas desde que cambié mi residencia de Quito a Portoviejo.
Mi paso por esta vida rural también me ha sido una magnifica experiencia para profundizar y abandonar muchas de mis percepciones, porque ser ciudadano de estos sectores es aceptar que se es de segunda categoría, en que los servicios públicos y algunos privados son y se sienten como si fuesen dádivas, como si se debiera agradecer y hasta ensalzar cuando se imponen planes, programas y proyectos desde escritorios lejanos. Conocer que a las obras públicas se las puede catalogar como "peor es nada".
En este caminar de 48 meses me llevó a relacionarme con la playa por misticismo y seguridad, por que es el patio delantero de casa, parte de mi barrio; aprendí que existen maneras de magnificarla mientras se la destruye. Este espacio de arena y olas resultó ser un objeto paisajístico de explotación financiera y política.
Descubrí también que es un gran gimnasio marino costero, un gran consultorio para cuando la los problemas agobian y perturban la mente, un lugar ideal para meditar con las melodías que vienen de las olas al reventar para luego correr hacia la playa; aquí, donde se anclan las ilusiones y los sueños y los esfuerzos de mis padres.
Ayer cumplí 63 años, los planes del pasado ya no existen, los del presente los construyo en el día a día, porque vivir y sobrevivir frente al mar es un constante trabajo para evitar que la casa se destruya que me dio la gran oportunidad de poner en práctica los pocos o muchos trabajos de mantenimiento domiciliario: me convertí en recluta de la albañilería, carpintería, electricidad, jardinería, enfermería... también en un "Esperancito" profesional.
Al final de los 62, resumo, he perdido y vendido muchos de mis tesoros, muchas de esas "cosas" que eran parte de un forma de vida; al mismo tiempo, he logrado mantener mis blogs, los libros que llevan autógrafo y emociones del significado de "Puerto Zavala" según el nombre que mi viejo le dio a esta casa. Y claro, gané una gran amistad con Gala, una mascota de raza Askal (fina pero sin pedigrí) que adopté luego de al menos 50 décadas de no tener ninguna.
¿Qué si tengo planes para el nuevo recorrido? Sí, algunos, de esos que me implican seguir existiendo como ser humano, como persona.
Al final de la medianoche del 28 de julio de 2026, me doy cuenta que recién he llegado al inicio de la senda que me conduce, o debería conducirme, hacia el inicio de mis 64 años de permanencia en este planeta Tierra.
Datos sobre el editor de la nota:
Canal de vídeos: https://www.youtube.com/@RaulZavala
