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13 de junio de 2026

Cuando la ley se tuerce contra la playa

Diálogo platónico del siglo XXI sobre la depredación costera en Ecuador.

Escena. Atardecer en la playa de Puerto Cayo, sur de Manabí. La arena está salpicada de plásticos, restos de hormigón y rastros de una fiesta. Sócrates, un filósofo anciano de cabello blanco que pasa una temporada en este lugar, camina descalzo junto a Raúl, joven ingeniero civil que trabaja en un proyecto turístico; avanzan lentamente mientras las olas lamen lo que queda de la orilla, conversan.

El fondo de la fotografía es real, los personajes son una edición con AI. 

Raúl: Maestro, cada vez que vengo aquí me duele. Cuando era niño esta playa era ancha, dorada, y las olas llegaban limpias. Ahora parece que el mar se la está comiendo. ¿Por qué permitimos que ocurra?

Sócrates: Dime, Raúl, ¿qué es una playa para ti? ¿Solo arena y agua, o algo más?

Raúl: Es un lugar de belleza. Un recurso. Genera empleo, turismo, divisas…

Sócrates: Entonces la belleza es aquello que produce dinero. ¿Es esa su única medida?

Raúl: No solo eso. Pero el país necesita desarrollo. La gente quiere hoteles, restaurantes, Wi-Fi en la arena. ¿Cómo vamos a progresar si dejamos todo intacto?

Sócrates: Progresar… Interesante palabra. Supongamos que construimos un gran resort aquí, con cien habitaciones y piscina infinita. ¿Qué ganamos y qué perdemos exactamente? Responde con calma.

Raúl: Ganamos empleo directo e indirecto. Impuestos. Imagen del país. Lo que perdemos… bueno, algo de vegetación costera y quizás unas tortugas que anidaban.

Sócrates: ¿Y la arena misma? Mira cómo retrocede la línea de costa. Los ingenieros saben que las dunas y los manglares actúan como escudo. Cuando los quitamos para hacer bungalows y malecones, ¿no estamos vendiendo la armadura del pueblo a cambio de una temporada de ganancias?

Raúl: Es el precio del progreso, Sócrates. En todo el mundo pasa.

Sócrates: ¿En todo el mundo? Entonces no es progreso, es imitación ciega. Dime: si un hombre come su propia semilla de maíz porque tiene hambre hoy, ¿ha progresado o ha hipotecado su cosecha futura?

Raúl: (sonríe con amargura) Hablas como los ambientalistas radicales.

Sócrates: No defiendo banderas. Solo pregunto. ¿Quién es más sabio: ¿el que vende la playa por diez años de bonanza o el que la conserva para que sus nietos puedan seguir pescando, viviendo en tranquilidad y recibiendo turistas dentro de cincuenta años? ¿Qué es más justo?

Raúl: La justicia… siempre la justicia contigo. Pero la gente pobre de aquí necesita comer hoy, no dentro de cincuenta años.

Sócrates: Cierto, pero pregunto: ¿es justo que unos pocos inversionistas locales y extranjeros obtengan los grandes beneficios mientras las comunidades pesqueras ven cómo sus caletas se llenan de sedimentos y sus redes recogen más basura que peces? ¿Es eso desarrollo o mera depredación disfrazada de inversión?

Raúl: Hay corrupción, lo admito. Permisos ilegales, funcionarios que firman por debajo de la mesa, rellenos sin estudios…

Sócrates: Ahí tocaste la llaga. Cuando la ley se vende, ya no hay civilización, solo queda barbarie. Y en la barbarie el más fuerte devora al más débil hasta que no queda nada que devorar… Las playas de Ecuador están siendo devoradas así: poco a poco, permiso a permiso, coima a coima.

Raúl: ¿Y qué propones? ¿Paralizar todo? El país necesita crecer.

Sócrates: No propongo paralizar, sino ordenar con inteligencia. Construir donde se puede construir sin dañar. Restaurar manglares, respetar las dunas, limitar la altura de edificios cerca del mar, no construir sobre la arena; eso no es romanticismo ecológico, es simple aritmética de supervivencia. Hasta un niño lo entiende: si matas la fuente, matas el presente y el futuro.

Raúl: Muchos dirán que eres idealista.

Sócrates: (ríe suavemente) Idealista es quien cree que se puede seguir destruyendo indefinidamente sin consecuencias. Realista es quien ve que el mar ya está cobrando la factura: erosión, salinización de pozos, pérdida de biodiversidad, aguajes que ahora entran más tierra adentro. La naturaleza no negocia ni acepta coimas.

Raúl: Entonces, ¿Qué debo hacer yo, que trabajo en esto?

Sócrates: Lo que hizo cualquier hombre justo en cualquier época: negarte a participar en lo que sabes que es daño innecesario. Propón diseños que respeten la línea de costa. Habla con tus colegas. Exige estudios de impacto reales, no los de papel. Y si te presionan, recuerda que la posteridad también tiene derechos. Las playas no pertenecen a esta generación; somos solo sus custodios temporales. (Las olas siguen trayendo más basura plástica.)

Raúl: A veces siento que luchamos contra la corriente.

Sócrates: Toda ola fuerte encuentra resistencia. Pero si suficientes hombres buenos se plantan como rocas, la corriente cambia. La pregunta, amigo mío, no es si las playas de Ecuador van a desaparecer. Es si nosotros permitiremos que desaparezcan por cobardía o por avaricia.

Raúl: (mirando el mar) Mañana tengo una reunión para revisar el nuevo proyecto…

Sócrates: Entonces ve con los ojos abiertos. Y recuerda: es insuficiente no ser depredador, hay que ser guardián.

(Se quedan en silencio. El viento del Pacífico sopla, llevando sus palabras continente adentro, como semillas que quizás, algún día, germinen en las ciudades, en los escritorios y en las conciencias de quienes pisan tierra firme.)

---X---

Advertencia editorial. Este dialogo es producto de mi imaginación pero basado en hechos reales; fue elaborado con apoyo generativo y editado bajo mis perspectivas expuestas en la X. 

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Datos sobre el autor / editor de la nota:

Canal de vídeos: https://www.youtube.com/@RaulZavala 

27 de febrero de 2017

De cuando Viktor Frankl me preguntó: ¿Por qué no se suicida usted?”


Conocí a Viktor Frankl gracias a Marisol Guarderas, cuando un día, después de algunos meses del terremoto en Portoviejo, ella llegó para conocer una tragedia que quizás nunca más ocurra.

“El hombre en busca de sentido” es el nombre del libro que Marisol me trajo como un presente, para que conociera una historia que podría servirme en la vida. La verdad: no solo fue historia sino también experiencias de una era mortal y de lecciones para esta época de la mi vida.

“¿Por qué no se suicida usted?”, es una de las expresiones que se encuentran en la contraportada; pues resulta que Frankl en su experiencia como psiquiatra, hacía esa pregunta a sus pacientes. Un hermoso gancho para interesarme por esta nueva lectura en momentos críticos de mi existencia.

Un siguiente interés me fue provechoso cuando descubrí que el Doctor en Medicina y Filosofía estuvo prisionero tres años en campo nazi Auschwits y en otros similares; de cómo llegó, de lo que lo mantuvo con vida y lo que en un momento fue su muerte emocional, es lo que relata en las casi 160 páginas, con un adicional: cada relato es una lección de fortaleza en momentos de crisis física y psicológica.

Empieza con algunas advertencias sobre lo que serán los siguientes párrafos, con el detenimiento del caso empiezo a descubrir en cada palabra algunas interesantes descripciones, hasta que me encuentro con una que me que hizo regresar a mi mundo: “… la lucha inexorable por el trozo de pan de cada día, para salvar la propia vida o la de un buen amigo.”

Si cambio pan por trabajo, la expresión aplica correctamente para esta época.

Con más interés y curiosidad avanzo hora tras hora, devorando cada una de las páginas; las ideas y las comparaciones  son parte de esta lectura, pues Frankl lograr seducir con un estilo simple y al detalle, no siento que novelea sus experiencias provocadoras de muerte junto a la muerte.

Cuando menciono “devorar” no me refiero a velocidad y comer palabras de manera irracional, me refiero al voraz apetito de reflexión que desata cada párrafo.

El libro lo empecé a leer en la ciudad, en mi cama y en esos momentos en que al terminar la jornada de trabajo la mente busca dispararse hacia otros mundos para encontrar un relax y llegué al último capítulo “La siquiatría rehumanizada” en la playa. 20 días urbanos y un fin de semana frente al Océano Pacífico.

Mucho terror inimaginable se conoce sobre lo que pasó en esos campos de concentración o, como lo dice en el libro: lager; pero bajo la pluma de connotado médico y superviviente de este horror del nazismo, uno entra a vivir y sentir lo que pudo ser esa condena inhumana hasta que el “humor macabro” toma cuerpo.

“Ese humor lo provocó la segura conciencia de haberlo perdido todo, de no poseer nada salvo nuestra existencia desnuda.”

De seguro muchos de nosotros nos hemos sentido así en algún momento de la vida. Salir de ese estado no es nada fácil, pero el profesor Frankl nos conduce a las fórmulas extremas en estos casos extremos, esas que podríamos o podremos poner en práctica para no caer en la desesperación mortal.

La narración, los ojos y la mente caen el crisol de los textos articulados de una manera verosímil, única y tangible; los argumentos para no volverse demente y ser un cadáver más, se presentan uno a uno, hasta que -con un efecto “mamushka”- el cuerpo se paraliza y el pensamiento hace sentir el encierro obligado, la sensación de un prisionero en un campo de concentración.

“El prisionero de un campo de concentración tenía un miedo brutal a tomar decisiones o a adoptar cualquier tipo de iniciativa. Era la consecuencia de un fuerte sentimiento de saberse un juguete del destino, como si el destino irremediablemente se hubiese apoderado de uno; era mejor no pretender interferir y dejarle seguir su propio destino curso.”

Con este párrafo inicia el capítulo de “Planes de fuga”, un instinto humano y natural, cuando el encierro es incuestionable y a rajatabla, en cuerpo y espíritu. Una sensación propia cuando enfrentamos problemas cuyas soluciones dependen de terceros o esos terceros se convierte en nuestros carceleros.

Entre tanta información descubrí una que es parte de mi existencia y está en el capítulo “Irritabilidad”, en que Viktor Frankl describe lo que fueron los últimos días en el campo de concentración.

“Súmese, además, la ausencia total de esos productos que en la vida diaria aplacan o mitigan la sensación de apatía e irritabilidad: la cafeína y la nicotina.” Los siguientes capítulos explican cómo luchar entre la dualidad de seguir así hasta el final o emprender una lucha desgarradora para no desprenderse de la realidad.

Podría, así mismo, transcribir una y decenas de citas “motivadoras” de esta obra, que la Library of Congress en Washington la declaró como uno de los 10 libros de mayor influencia en América; pero no es la intención de este post ese tipo de transcripciones, sino de colocar algunas que, a mi parecer, son inductoras para que otros lectores compren el libro y se sumerjan en el verdadero padecimiento humano, totalmente vivencial en comparación con los infiernos imaginados por Dante Alighieri en la Divina Comedia.

Entonces, sentado en la arena, entre que miro reflexivamente el mar y sigo con mi lectura, llegó a esa parte que hace falta saber en la vida: “En efecto, sólo unos pocos prisioneros conservamos esa fortaleza de la libertad y aprovechamos los atroces sufrimientos para una madurez interior.”

Esperanza… fe… consideraciones ilusorias cuando se sabe que el real sufrimiento no tiene fin, con un dolor permanente y el aroma de la muerte que ya no se lo percibe aunque esté allí, cuando la capacidad humana de aguante llega a su más bajo umbral y las opciones son o vivir o dejarse morir o motivar para que lo asesinen.

Pero no, “El hombre en busca de su destino” no es un manual de autoayuda o de superación personal, es una recopilación de la experiencia de muerte que él mismo la uso para sí mismo, como instinto de sobrevivencia y que al plasmarse en un libro, se convierte en la profesional terapia psiquiátrica para quienes sabemos que el sufrimiento reflexivo es la única herramienta que tenemos los humanos para ser pragmáticos y efectivos, para sobrevivir y ayudar a sobrevivir, aunque el presente nos diga en cada amanecer que es nuestro día en que seremos ejecutados.

Al final, cuando uno ha sacado sus propias lecciones, Frankl golpea nuevamente a quienes nos atrevimos a suponer que ya lo dijo todo, entonces empieza a describir lo que él titula: logoterapia; “Obra así, como si vivieras por segunda vez y la primera vez lo hubieras hecho desacertadamente, como estás a punto de hacerlo ahora”.

Leer a Viktor Frankl es una simple terapia psiquiátrica magistralmente plasmada como una obra literaria, para que, en medio de nuestros sufrimientos, usar sus diagnósticos y entender que cada día existe la oportunidad de no ser ni prisioneros ni entrar a la cámara de gas, aunque ese parezca nuestro destino.

Datos del libro:
Título original: Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager
Traducción: Christine Kopplhuber y Gabriel Insuasti Herrero
Edición y prólogo: José Benigno Freire
ISBN: 978-84-254-2331-4
12ª. Impresión de la edición 2004, completamente revisada y actualizada.
Editorial Herder.