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18 de febrero de 2018

Preguntas para el Alcalde de Jipijapa sobre la basura en Puerto Cayo

El amanecer del martes 13 de febrero del 2018 el malecón y playa de Puerto Cayo, pueden considerarse uno de los más dantescos en cuanto al paisaje que formó la basura luego del concierto del lunes por la noche, ante lo cual permítame Señor alcalde de Jipijapa Teodoro Andrade, contarle algunas de las situaciones que dejan en mal predicamento tanto a la gente que acudió a un evento público masivo y las fallas u errores en la limpieza posterior.

Es indudable que para los organizadores de ese evento carnavalero puede considerarse un verdadero éxito, al igual que para muchos comerciantes y empresarios del sector turístico de la zona; pero dejó también un costo alto y grave de impacto ambiental e imagen pública.

¿Cuál fue el plan de recolección de basura y limpieza post evento? Por lo que pude observar y enterarme, realmente no hubo ninguno, pues recién a las 10h00 vi llegar a un carro recolector con cinco personas dedicadas a reciclar y, colateralmente, recoger la otra basura que se encontraba en tachos y que otras personas habíamos puesto en fundas pláticas.

Para esa hora ya habían llegado no menos de 200 turistas para usar la playa en lo que fue el último día del feriado y la imagen que los recibió de un sitio muy similar a un muladar, sin la más mínima acción de limpieza. Con el pasar de las horas la playa recibió a muchos más bañistas y la basura permaneció allí como una muestra del fracaso de cualquier plan.

Si el concierto planificado superó las expectativas creadas ¿Por qué no se pensó en un plan emergente para la correspondiente limpieza? ¿Quién fue el responsable de ejecutar ese plan de manera prioritaria? ¿Cuáles fueron las acciones correctivas que se tomaron?

Independiente de las respuestas que puedan o no existir, lo cierto es que fue evidente la incapacidad institucional para afrontar tan crítica situación, con lo cual -de una u otra manera- vecinos, temporadistas y empresarios turísticos resultamos víctimas colaterales de esa situación.

La recolección de basura duró hasta pasadas las 17h00, no así la limpieza. Cinco días después del evento, aún el malecón luce sucio y sin evidencias que existan acciones orientadas a solucionar dicho problema.

Para el viernes 16 de febrero, el Ministerio de Ambiente programó una "minga" de limpieza de la playa, se me indicó que la Municipalidad de Jipijapa tendría un aporte en este proceso; la realidad es que el grupo de funcionarios y personal de los restaurantes en el sector de la playa, realizaron -nuevamente- una recolección de basuras no de limpieza.

La situación antihigiénica de esta insuficienca municipal tiene sus agravantes por los impactos en la salud humana tomando en cuenta la temporada invernal y los otros factores conexos; tampoco se puede dejar de no mencionar las consecuencias ambientales para la playa, un trascendental activo turístico de Puerto Cayo, zona rural que pertenece al cantón Jipijapa.

Por la información pública existente se avizora que no se ha dispuesto ninguna acción municipal para remediar la situación, lo cual genera preocupación sobre el futuro cercano que pueda tener tener Puerto Cayo, más si se considera que la Junta Parroquial adolece de capacidades para afrontar cualquier situación adversa en la zona.

Lo ocurrido es una muestra de lo que por algún tiempo hemos afrontado los vecinos y votantes de la ciudadela Antonio Vallejo en Puerto Cayo, tal como ocurrió con uno de los festivales de apertura de temporada. Pero hay una preocupación latente:

Bajo estas circunstancias y los antecedentes de obra y servicios públicos en Puerto Cayo, sería bueno se difundieran las acciones que implementará hasta el fin de su mandato, de tal manera que los vecinos del lugar podamos saber lo que nos espera o, caso contrario, de no existir ninguna acción municipal, prepararnos para enfrentar problemas y buscar que otras instancias (no incluye a la Junta Parroquial) cubran el incumplimiento de las responsabilidades municipales.

14 de noviembre de 2015

Cuando el pasado llamado “Calamidad” me llevó al piedrero

Desde hace un año llevo un lento proceso de recuperación de mi tobillo en que el miedo fue uno de mis mayores limitantes, hasta que un recuerdo ajeno por unas fotos me llevó hasta al el mejor de los sitios que frecuento desde mi infancia. La sensación de ese miedo desapareció.

A consecuencia de un accidente deportivo, de tres meses de recuperación y algunos más de rehabilitación, supe que mi tobillo no quedaría igual a pesar de las previsiones realizadas por la fisioterapista. El miedo de caminar por lugares “peligrosos” me mantuvo en una rutina de mirar cada lugar en que pondría mi pie y si miraba riesgo, simplemente buscaba otro camino.

Vista de norte a sur de Puerto Cayo, al sur de Manabí. Al fondo
el acantilado del piedrero.
Ocurrió que durante un feriado tuiteaba desde aquella playa que me vio crecer y a la que miro constantemente, subí fotos de la arena y la manera en que las olas abrazaban por instantes, constante, a la arena; tal como es habitual, en esa red social, alguien comentó una de mis fotos con un simple pero contundente: “… en esa playa pasé todas las vacaciones de mi juventud.”

Una respuesta de esa magnitud necesitaba, quise, responder y así lo hice. Las normales preguntas de cómo, cuándo y cómo así; la tuit conversación avanzó por los senderos normales que usan dos tuiteros que se siguen mutuamente y que, quizás, antes de ese día, nunca interactuaron.

Así me pasó con @Quitenamona, no recuerdo que antes de ese día haya interactuado con ella, es parte de mi TL y sí la tenía presente, la leía por sus interesantes y reflexivos aportes, a veces de la vida cotidiana y otras del mundo en que vivimos; estaba allí, entre mis lecturas pero nada más.

“Calamidad”, como se hace llamar, me comentó algo de su pasado en esa playa y, me aseguró en aquella conversación, que le gustaba ir a un sitio en que había muchas piedras; sin pensarlo dos veces le dije el nombre del sitio: el piedrero, frente al islote Pedernales, en Puerto Cayo, al sur de Manabí (Ecuador).

Vista general del piedrero, al fondo a la derecha el islote Perdernales.
El piedrero, nombre popular que se le ha dado a ese sitio, está al pie de los acantilados que forman parte de la extensa franja costera en esa parte de la provincia y al que es posible acceder con tranquilidad cuando baja la marea. Deja mirar un espectacular y solitario escenario.

En un misterioso acto transformador y sin pensar en consecuencias, me comprometí con “Calamidad” a ir al día siguiente al piedrero para hacer unas fotos y mostrarle como estaba dicho lugar, considerando que me había comentado que desde hace mucho no había regresado a ese lugar de su adolescencia.

Fui, caminé al menos un kilómetro con tranquilidad por la playa, la marea ya había bajado, y las grandes plataformas de piedras sobresalían en el constante ir venir de las olas, la otra parte se dejaba caminar; el miedo en mi revivió, decidí hacer de lejos las fotos prometidas… sentí que no había razón para más.

Con cada foto me fui adentrando en ese mundo de piedras que hasta hace pocas horas había estado bajo el mar, verdosas, resbaladizas y semi secas.

Piedras verdosas y resbaladizas que complementan tan
maravilloso espectáculo.
Con cada foto mis pies buscaban seguridad para encontrar mejores tomas. La sensación de aventura me invadió, de aquella de mi juventud, de esa que mi hizo llegar por primera vez a ese lugar hace más de cuatro décadas. A cada paso con los acantilados a mis espaldas, frente a mí el mar y a mi alrededor solo el bramido de las olas al chocar contra las rocas. Fue el otro mundo al que regresé.

Mis pies tanteaban las piedras antes de asentase, mi tobillo reaccionaba con seguridad pero el miedo está allí y listo para ser vencido, le di la oportunidad y fue ocurriendo con cada nuevo espectáculo que miraba y quería fotografiar.

Durante casi 30 minutos estuve en este lugar, disfrutando de la batalla que había ganado, mientras captaba algunas fotos. Me sentí seguro sobre mi tobillo y pero no percibí ningún dolor.

Esta sensación de alivio me permitió no solo observar los detalles del mar, de las piedras, de las olas del infinito horizonte marino, sino también lo majestuoso de un acantilado que se le notaba sensible y fuerte; por causalidad unas aves volaban frente a esas paredes… se deslizaban en miedo del viento.

Casi no se ve el gallinazo flotando, pero allí está.
Siempre será maravilloso ver el vuelo lento de un gallinazo y estaba allí, viajando sin mover sus extendidas alas y dejándose llevar por alguna brisa. Vino una foto sin mucha esperanza de lograr captar de cerca ese contraste entre piedra, plumas y viento.

Regresé sobre mis pasos, caminando sobre la arena, con seguridad y sin esa esa sensación de titubeo que mucho tiempo estuvo acompañando mis andanzas y despertares.

En este caminar de regreso a mi casa, en esos 20 minutos de tranco fuerte y decidido sobre la arena, recordé las razones por las fui para allá y de Calamidad Morales que sin saber nada había aceptado mi oferta de pasarle unas fotos.

Frente a mi computador y con mi cuenta activa inicié el proceso de subir las fotos ofrecidas a @Quitenamona, una a una con una mención, pero al escribir no estaba poniendo simples palabras, puse en cada letra y cada adjunto mi retribución por, sin haberlo planificado, haberme llevado hacia una batalla que estaba pendiente. Fue la persona indicada, en el lugar indicado y con los recuerdos indicados.

Crédulo de los mágicos acontecimientos de este mundo, hoy doy pasos físicos que me dan señales que pronto mi tobillo pueda estar totalmente curado. No por el piedredro, no por la caminata, sino por haber aceptado las palabras de una actual desconocida que quizás en el pasado nos conocimos en aquel lugar. Un misterio que no pienso desentrañarlo ni cuestionarlo.

Con la última foto que le pasé para hacerle recordar una parte de su pasado, simplemente me dijo: “…mil gracias de verdad.” Pero soy yo quien está agradecido por el presente y futuro que medio @Quitenamona. 

8 de octubre de 2010

¿Se acabaron los reinados de belleza en Manabí?


Desde siempre que conocí Manabí una de las tradiciones contemporáneas más importantes de esta provincia han sido las elecciones de Reinas de Belleza; una actividad que se convirtió en una verdadera institución tan importante como la alcaldía, la prefectura u otra institución gubernamental. En la mayoría de ceremonias castrenses u oficiales la presencia de las reinas ha sido infaltable y agradable.

El mayor de los galardones que un grupo de mujeres sueñan y trabajan para ello es el de alcanzar la corona de Reina de Manabí, con un adicional importante: que la provincia es reconocida y aceptada como la región de las mujeres más bellas y atractivas.

Me sorprende leer una nota periodística en La Hora Manabita que informa que solo 9 candidatas concursan por el reinado de Manabí de 22. 

A mi opinión personal esta falta de candidatas podría ser muestra que esta actividad cultural está empezando a desvanecerse, a perder importancia, a dejar de tener respaldo social. 

Muy a pesar que para muchas personas piensan o consideran que este tipo de eventos puedan ser “anacrónicos” o que realmente la belleza de una mujer no está en su exterior u otros argumentos contrarios muy válidos, opino que para el caso de la sociedad manabita es una forma de confirmación de su identidad y de su autoestima. Ojala algún día pueda encontrar un estudio o al menos un ensayo sobre la relación Reina de Manabí y desarrollo.

También es lamentable que estos reinados se hayan convertido en eventos generadores de discusiones internas entre candidatas, familiares, organizadores y autoridades, con tanta conflictividad que en muchos casos se ha visto la necesidad de simplemente designar a una señorita para que sea la reina; la elección perdió su importancia y trascendencia.

Escribo este post porque considero necesario reflexionar sobre la situación de los reinados en Manabí, porque creo que estos eventos deben rescatarse para que tengan el valor cultural y social que tuvieron en antaño, como una fuerza generadora de espacios de concertación en una sociedad cada vez violenta.

Pienso que es indiscutible que la belleza manabita, representada en cualquiera de sus reinados, podría ayudarnos ser mejores en nuestra relaciones de buena vecindad e integración provincial y nacional. Ojala.