Profesionalmente crecí viendo y siendo testigo del populismo como una expresión pura de captar las masas electorales y el apoyo popular; en ese antiguo mundo una de las frases más comunes fue: la verdadera encuesta está en las calles. ese mundo político no se estancó, los aspirantes al poder político se digitalizaron y hoy enfrento un nuevo escenario: el caudillismo millennial, porque las dictaduras tradicionales prácticamente están muertas.
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| Foto: xataka.com |
La estabilidad democrática tradicional también ha sido aplastada. Las votaciones son un mero trámite burocrático para llegar al poder político. Al final del primer cuarto del Siglo XXI son los algoritmos los que dictan las decisiones políticas y los neo-populistas saben usarlos a su favor.
Son hechos que me han tocado aprenderlos en el camino, un camino que no me despejado dudas sino que me ha mostrado anomalías en la gestión pública. El debate político ahora es on line y parte de una tendencia en redes sociales, muchas veces inducida por cibertropas; las tarimas ahora se usan como parte del método de marketing digital para las fotos y vídeo virales.
Veo que se acabó la responsabilidad ante los ciudadanos, a los funcionarios les basta hacer un "live" para contar su versión aunque nunca presentan justificativos legales; la rendición de cuentas a mutado a las explicaciones narcisistas y de victimismo en eventos digitales.
Entonces, ¿Qué película estoy viendo?
El caudillismo millennial, un mutante que aplasta a la democracia y también a las dictaduras. Trata de como evolucionó el caudillismo tradicional, adaptándose a la era digital y se caracterizada por la presencia de funcionarios que combinan o construyen, principalmente, su carisma personal con herramientas tecnológicas para consolidar su poder personal.
A diferencia de sus antecesores del siglo XIX, que dependían de alianzas militares y clientelismo local, esta variante surge en contextos democráticos frágiles, donde el politiquero utiliza plataformas en línea para construir una imagen de proximidad y eficiencia, a menudo a expensas de instituciones formales.
Pienso entonces que este fenómeno no es una mera autoridad innovadora, sino un mecanismo que erosiona la democracia al priorizar el culto a la personalidad sobre el Estado de derecho.
Una de las características principales del caudillismo millennial es su dependencia de las redes sociales como arma principal de propaganda; estos ciudadanos no solo comunican directamente con sus seguidores, sino que moldean narrativas a través de memes, videos virales y algoritmos, creando una ilusión de diálogo horizontal. Esta estrategia permite bypassar medios tradicionales, que a menudo son tildados de "enemigos" para deslegitimarlos, fomentando una polarización que fortalece el vínculo emocional con la base de apoyo.
Otra faceta clave es el populismo digital (por llamarlo así), que promete soluciones rápidas a problemas complejos como la inseguridad o la desigualdad, utilizando datos selectivos y retórica simplista. Críticamente, esto oculta una agenda autoritaria: el dueño del poder político se presenta como salvador infalible, justificando medidas excepcionales que suspenden derechos constitucionales bajo el pretexto de emergencias nacionales. Así, el caudillismo millennial transforma la política en un espectáculo mediático, donde la efectividad aparente prima sobre la transparencia y la responsabilidad constitucional.
Pero va más allá, porque en términos de gobernanza, se caracteriza por la concentración de poder en el Ejecutivo, con reformas que debilitan contrapesos como el judicial o el legislativo y hasta el electoral.
Estos "influencers" invocan "estados de excepción" prolongados, argumentando que la burocracia tradicional es ineficaz, lo que lleva a una necropolítica sutil: decisiones soberanas sobre quién es protegido y quién es marginado, reduciendo a opositores o minorías a posiciones precarias.
El uso de celebridades digitales es otra marca distintiva, ampliando el alcance más allá de votantes tradicionales hacia audiencias jóvenes y globales; críticamente, esto no democratiza el poder, sino que lo mercantiliza: el servidor público se convierte en una "marca" que vende seguridad y prosperidad, mientras suprime disidencias mediante ciberacoso o censura algorítmica.
Para identificar el caudillismo millennial, se consideran estos indicadores clave:
Un alto índice de aprobación basado en encuestas digitales manipulables, donde el apoyo se mide por interacciones en redes más que por métricas institucionales; la prórroga indefinida de medidas de emergencia que suspenden libertades civiles; y un discurso que divide la sociedad en "pueblo leal" versus "élites corruptas", ignorando complejidades socioeconómicas.
Otros indicadores incluyen el control narrativo a través de campañas virales que desacreditan críticas, como informes de derechos humanos o de organizaciones ciudadanas; una inversión, oscura y desproporcionada en marketing digital sobre políticas públicas; y la erosión de independencia judicial mediante purgas o reformas exprés.
En última instancia, el caudillismo millennial no es un avance progresivo, sino una regresión disfrazada: promete eficiencia en un mundo acelerado, pero su objetivo es perpetuarse en el cargo al centralizar el poder de su imagen digitalmente omnipresente.
En definitiva, al final de mis días doy el último adiós a la democracia y miro el desfile victorioso del caudillismo digital.
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