Tres facetas de mi pasado que he logrado recuperar quizás como una manera de entender un poco lo que me ha tocado recorrer.
En el siguiente vídeo están mis declaraciones sobre las políticas y acciones previstas para generar desarrollo en Portoviejo a través de la Dirección Municipal. Ocurrió allá por la primera semana de agosto de 2014.
En enero del 2010, dos de mis colegas: Marlene Mendoza y Rafaela Zambrano, debían presentar un trabajo sobre comunicación y uso de tecnologías y por ello aprovecharon mi trabajo para que les sirviera. No disponíamos en esa fecha de los servicios que ahora contamos en este 2017. En tecnología 7 años es una brecha bastante grande.
En esta nueva era, luego de mi última aparción en televisión cuando ocurrió el terremoto en Manabí, en esta vez compartí un panel con Guido Carranza para opinar sobre lo que dejó como lecciones el discurso de nuevo Presidente de la República el 24 de mayo de 2017. El programa lo condujo mi compañero Carlos Luis Vásquez.
Tal vez un día cercano los periodistas nos demos cuenta que nuestro trabajo ya no es en función de la verdad, sino de la ¡LIBERTAD!
27 de mayo de 2017
27 de febrero de 2017
De cuando Viktor Frankl me preguntó: ¿Por qué no se suicida usted?”
Conocí a Viktor Frankl gracias a Marisol Guarderas, cuando
un día, después de algunos meses del terremoto en Portoviejo, ella llegó para
conocer una tragedia que quizás nunca más ocurra.
“El hombre en busca de sentido” es el nombre del libro que
Marisol me trajo como un presente, para que conociera una historia que podría
servirme en la vida. La verdad: no solo fue historia sino también experiencias
de una era mortal y de lecciones para esta época de la mi vida.
“¿Por qué no se suicida usted?”, es una de las expresiones
que se encuentran en la contraportada; pues resulta que Frankl en su experiencia
como psiquiatra, hacía esa pregunta a sus pacientes. Un hermoso gancho para
interesarme por esta nueva lectura en momentos críticos de mi existencia.
Un siguiente interés me fue provechoso cuando descubrí que
el Doctor en Medicina y Filosofía estuvo prisionero tres años en campo nazi
Auschwits y en otros similares; de cómo llegó, de lo que lo mantuvo con vida y
lo que en un momento fue su muerte emocional, es lo que relata en las casi 160
páginas, con un adicional: cada relato es una lección de fortaleza en momentos
de crisis física y psicológica.
Empieza con algunas advertencias sobre lo que serán los
siguientes párrafos, con el detenimiento del caso empiezo a descubrir en cada
palabra algunas interesantes descripciones, hasta que me encuentro con una que
me que hizo regresar a mi mundo: “… la lucha inexorable por el trozo de pan de
cada día, para salvar la propia vida o la de un buen amigo.”
Si cambio pan por trabajo, la expresión aplica correctamente
para esta época.
Con más interés y curiosidad avanzo hora tras hora,
devorando cada una de las páginas; las ideas y las comparaciones son parte de esta lectura, pues Frankl lograr
seducir con un estilo simple y al detalle, no siento que novelea sus
experiencias provocadoras de muerte junto a la muerte.
Cuando menciono “devorar” no me refiero a velocidad y comer
palabras de manera irracional, me refiero al voraz apetito de reflexión que
desata cada párrafo.
El libro lo empecé a leer en la ciudad, en mi cama y en esos
momentos en que al terminar la jornada de trabajo la mente busca dispararse
hacia otros mundos para encontrar un relax y llegué al último capítulo “La
siquiatría rehumanizada” en la playa. 20 días urbanos y un fin de semana frente
al Océano Pacífico.
Mucho terror inimaginable se conoce sobre lo que pasó en
esos campos de concentración o, como lo dice en el libro: lager; pero bajo la
pluma de connotado médico y superviviente de este horror del nazismo, uno entra
a vivir y sentir lo que pudo ser esa condena inhumana hasta que el “humor
macabro” toma cuerpo.
“Ese humor lo provocó la segura conciencia de haberlo
perdido todo, de no poseer nada salvo nuestra existencia desnuda.”
De seguro muchos de nosotros nos hemos sentido así en algún
momento de la vida. Salir de ese estado no es nada fácil, pero el profesor Frankl
nos conduce a las fórmulas extremas en estos casos extremos, esas que podríamos
o podremos poner en práctica para no caer en la desesperación mortal.
La narración, los ojos y la mente caen el crisol de los
textos articulados de una manera verosímil, única y tangible; los argumentos
para no volverse demente y ser un cadáver más, se presentan uno a uno, hasta
que -con un efecto “mamushka”- el cuerpo se paraliza y el pensamiento hace
sentir el encierro obligado, la sensación de un prisionero en un campo de
concentración.
“El prisionero de un campo de concentración tenía un miedo
brutal a tomar decisiones o a adoptar cualquier tipo de iniciativa. Era la
consecuencia de un fuerte sentimiento de saberse un juguete del destino, como
si el destino irremediablemente se hubiese apoderado de uno; era mejor no
pretender interferir y dejarle seguir su propio destino curso.”
Con este párrafo inicia el capítulo de “Planes de fuga”, un
instinto humano y natural, cuando el encierro es incuestionable y a rajatabla,
en cuerpo y espíritu. Una sensación propia cuando enfrentamos problemas cuyas
soluciones dependen de terceros o esos terceros se convierte en nuestros
carceleros.
Entre tanta información descubrí una que es parte de mi
existencia y está en el capítulo “Irritabilidad”, en que Viktor Frankl describe
lo que fueron los últimos días en el campo de concentración.
“Súmese, además, la ausencia total de esos productos que en
la vida diaria aplacan o mitigan la sensación de apatía e irritabilidad: la cafeína
y la nicotina.” Los siguientes capítulos explican cómo luchar entre la dualidad
de seguir así hasta el final o emprender una lucha desgarradora para no
desprenderse de la realidad.
Podría, así mismo, transcribir una y decenas de citas “motivadoras”
de esta obra, que la Library of Congress en Washington la declaró como uno de
los 10 libros de mayor influencia en América; pero no es la intención de este
post ese tipo de transcripciones, sino de colocar algunas que, a mi parecer,
son inductoras para que otros lectores compren el libro y se sumerjan en el
verdadero padecimiento humano, totalmente vivencial en comparación con los
infiernos imaginados por Dante Alighieri en la Divina Comedia.
Entonces, sentado en la arena, entre que miro reflexivamente
el mar y sigo con mi lectura, llegó a esa parte que hace falta saber en la
vida: “En efecto, sólo unos pocos prisioneros conservamos esa fortaleza de la
libertad y aprovechamos los atroces sufrimientos para una madurez interior.”
Esperanza… fe… consideraciones ilusorias cuando se sabe que
el real sufrimiento no tiene fin, con un dolor permanente y el aroma de la
muerte que ya no se lo percibe aunque esté allí, cuando la capacidad humana de
aguante llega a su más bajo umbral y las opciones son o vivir o dejarse morir o
motivar para que lo asesinen.
Pero no, “El hombre en busca de su destino” no es un manual
de autoayuda o de superación personal, es una recopilación de la experiencia de
muerte que él mismo la uso para sí mismo, como instinto de sobrevivencia y que
al plasmarse en un libro, se convierte en la profesional terapia psiquiátrica
para quienes sabemos que el sufrimiento reflexivo es la única herramienta que
tenemos los humanos para ser pragmáticos y efectivos, para sobrevivir y ayudar
a sobrevivir, aunque el presente nos diga en cada amanecer que es nuestro día en
que seremos ejecutados.
Al final, cuando uno ha sacado sus propias lecciones, Frankl
golpea nuevamente a quienes nos atrevimos a suponer que ya lo dijo todo,
entonces empieza a describir lo que él titula: logoterapia; “Obra así, como si
vivieras por segunda vez y la primera vez lo hubieras hecho desacertadamente, como
estás a punto de hacerlo ahora”.
Leer a Viktor Frankl es una simple terapia psiquiátrica
magistralmente plasmada como una obra literaria, para que, en medio de nuestros
sufrimientos, usar sus diagnósticos y entender que cada día existe la oportunidad
de no ser ni prisioneros ni entrar a la cámara de gas, aunque ese parezca
nuestro destino.
Datos del libro:
Título original: Ein Psychologe erlebt das
Konzentrationslager
Traducción: Christine Kopplhuber y Gabriel Insuasti Herrero
Edición y prólogo: José Benigno Freire
ISBN: 978-84-254-2331-4
12ª. Impresión de la edición 2004, completamente revisada y
actualizada.
Editorial Herder.
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Zavala
4 de septiembre de 2016
Mi primer café en esa conocida tierra de misteriosas fuerzas
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| Mi café en un lugar en que nunca antes había estado, a pesar que ya conocía esos alrededores al pie de una montaña. |
“Una vez al año, viaja a algún lugar en el que nunca hayas estado antes”, esta frase se le atribuye a Dalai Lama; ahora que llega el tercer trimestre de este 2016 creí que este año nunca había llegado a ese lugar. Estuve equivocado.
En mi actual existencia hay un antes y después con lo que viví el terremoto del 16 de abril de 2016 en Manabí que, de alguna manera, se convirtió en otro viaje a un desconocido escenario sin moverme de mi entorno natural.
Antes de ese trágico momento, en enero del 2016, tomé mi mochila y me fui para Quito, allá me esperaba el lugar al que siempre regreso pero esta vez tuvo el componente ‘misterio’, pues llegaría para desvirtualizar a una amistad construida a punto de tuits.
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| Mi sombrero y yo llegamos a Quito, envueltos en el misterio de no saber nada de lo que nos deparaba este viaje. |
Durante dos horas viajamos, entramos en alguna propiedad de la que poco se podía mirar por la oscuridad y por mi puesto en la parte posterior del auto. Al final del camino el panorama cambió y sentí y miré que estaba en un lugar desconocido para mí.
Cuando mis pies pisaron tierra, mis ojos no miraron alrededor sino que se alzaron al cielo para mirar el gran techo de estrellas, que solo se puede observar cuando se está lejos de las ciudades y donde prevalece la luz nocturna de la ruralidad.
Hace el frío normal de Cayambe en una noche despejada sin Luna, yo lo siento más fuerte por mi costumbre de vivir en la zona tropical, pero no lo huyo; la magia de sentirme en este escenario me hace entrar al mundo desconocido de lo espiritual y sobre todo conocedor del significado que tiene esta localidad en quienes somos seguidores de asuntos místicos.
Antes de dormir y mirando el cielo desde la ventana de la habitación que me fue asignada, me fumo un cigarrillo, no pienso en mi amanecer sino en lo que podría estar percibiendo y que mis sentidos tratan de captar en ese silencio de casi el amanecer.
Duermo, descanso y despierto en un instante, al menos eso fue para mí ese tiempo; al sueño lo suplantó la curiosidad de saber cómo se vería ese lugar con la luz solar. La rutina del levantarse cumplida en pocos minutos y salí al recorrido que mis ojos pidieron.
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| El paisaje andino tiene sus misteriosas formas, así les llamen accidentes geográficos. |
Eran como las 7 de la mañana y aun no cumplía mi ritual de cada día: tomar mi primer café en relax. Presentí que no lo haría. Otra vez equivocado.
Luego de mirar por unos instantes al Cayambe, giré mi cuerpo y mirada 180 grados, allí estaba el local que lo conocía solo por fotos y otras historias. La duda de inmediato ¿Estarán atendiendo? Y fui hasta allá para comprobarlo. En el trayecto vi una laguna y soñé: Si consigo ese café me lo vengo a tomar aquí, bajo estos árboles.
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| Así miré al Café de la vaca desde donde yo caminaba, me hizo saber que no era un simple cliente. |
Parecía que no había nadie, respiré el aroma del café. De pronto sentí miradas que se clavaron en mi presencia, fueron de humanos sorprendidos por mi presencia. El personal de servicio aun no esperaba a ningún cliente, los meseros nunca sintieron mi llegada; se repusieron casi de inmediato y me brindaron la mejor de las bienvenidas verbales. Yo estaba ya en la barra: "Buenos días ¿Será que me pueden vender un café?"
Lo pedí para llevar, el aroma se convirtió en el negro brebaje que llenó el blanco vaso térmico, puse un apenas de azúcar, lo removí, pagué y salí; fui hasta frente a la laguna. Busqué un buen sitio y me senté, bebí el primer trago de café en aquella mañana, estaba por fin en un lugar que nunca antes había estado.
Puse el vaso en piso, del bolsillo de mi chaqueta saque mi cajetilla, la fosforera y prendí mi primer cigarrillo del día; empezaba el ritual de las mañanas de pensar, de reflexionar, de grabar sensaciones y emociones.
Estar por primera vez en un sitio no es el simple hecho de llegar físicamente, sino también de mirar y escuchar lo que ocurre en ese sitio, de extraer del paisaje todas aquellas ideas que están allí revoloteando o, tal vez, de mirar y encontrar las soluciones que ese nuevo ambiente tiene para quien sepa descubrirlas.
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| Existen una mil maneras de leer mensajes, saber lo que dicen las sombras de las ramas es una de ellas. |
A la mitad de mis pensamientos en soledad llegó un señor, se presentó como cuidador y jardinero, como la persona que se encargaba que el escenario tenga su aire de ruralidad; le convide uno de mis cigarrillos y conversamos, me relató lo que ocurría con esa laguna y el agua que llegaba para alimentarla.
Por allí estuvo otra lección de vida que deja la naturaleza: cuando se está en incapacidad de resolver un problema, es mejor dejar que el agua fluya hasta que sea el momento oportuno de encausarla si fuera necesario; pero también, al mirar las formas del agua al desplazarse puede tener un efecto de iluminación frente a esos inconvenientes.
Como el tiempo no existe sino que es la comparación entre dos situaciones, acabado el café -el cigarrillo no era ya tal sino una simple colilla, de misteriosas sensaciones quedó llena mi mente- mi memoria grabó el paisaje que ahora relato.
Regreso a la frase de Dalai Lama: “Una vez al año, viaja a algún lugar en el que nunca hayas estado antes” y estoy seguro que también pudo referirse al descubrir nuevos significados de lugares en los que se llegó antes pero que nunca se recorrieron completos porque jamás se estuvo preparado para entender los mensajes que están libres y ocultos.
Sí, hay que estar preparado para observar lo que se cree que ya se conoce, por eso esta historia tiene una segunda parte, fue cuando me transportaron hasta otro increíble sitio, allí mismo, en ese espacio llamado “El Café de la Vaca”.
Sí, hay que estar preparado para observar lo que se cree que ya se conoce, por eso esta historia tiene una segunda parte, fue cuando me transportaron hasta otro increíble sitio, allí mismo, en ese espacio llamado “El Café de la Vaca”.
Cuando el Sol se encontraba a media altura del día, apareció mi anfitriona, desayunamos juntos, platicamos de una y mil cosas. El día no terminada para conocer en ese mismo sitio otro maravilloso lugar de piedra y árboles.
A pocos metros del local, tras unos eucaliptos y otras plantas, estaba uno de los lugares que me impresionó: una pequeña plaza de piso de piedra y en el centro una mesa hecha de dos rocas que encajaban sólidamente. Todo rodeado de árboles.
Cuando estuvimos en esa especie de templo, pude imaginar a los druidas en una de sus reuniones –según cuentan algunas historias– válido para quienes de alguna manera creemos en que el cuerpo es una especie de antena que capta las energías de la naturaleza.
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| A simple vista pareciesen dos imples piedras: una encima de a otra, pero cuando se las acaricia se sabe que no. |
Cuando estuvimos en esa especie de templo, pude imaginar a los druidas en una de sus reuniones –según cuentan algunas historias– válido para quienes de alguna manera creemos en que el cuerpo es una especie de antena que capta las energías de la naturaleza.
Recorrí el lugar palpando las piedras y los árboles, como si quisiese transferencia de fuerzas para visualizar lo evidente en ese otro mundo de las obligaciones urbanas, de luchas intestinas entre humanos, de gente que abandonó la buena vecindad; esas fuerzas que me permitan salir airoso cada día, que me sostengan para seguir siendo un sobreviviente.
Mi primera estadía en El Café de la Vaca termina de la mejor manera y al alejarme nada de añoranza, solo un gracias para mi anfitriona que me condujo a ese lugar que nunca conocí y que estaba en medio de un espacio no incógnito para mí.
El café se acaba por instantes y los plazos se cumplen, pero cada día hay uno de nuevo de los dos.
El café se acaba por instantes y los plazos se cumplen, pero cada día hay uno de nuevo de los dos.
15 de mayo de 2016
Terremoto en Portoviejo: capítulos de heroísmo o vergüenza
El titular de este post nació a partir de una conversación
con la @mmcuesta, luego que yo empezara a subir algunas de las fotos que hice
durante un recorrido por los exteriores de la Zona 0 de Portoviejo.
Durante estos 30 días se han publicado miles y miles ¿millones?
de historias, desde medios de comunicación hasta las escritas por usuarios en
las redes sociales, de ciudadanos y de cuentas institucionales. Cada una con
vida propia.
El ímpetu mediático del terremoto decae lentamente porque así lo exigen los actuales cánones comunicacionales: los de masas, los de políticas nacionales y de interés social; pero la desgracia sigue allí… seguirá por mucho tiempo aunque todo parezca normal.
El ímpetu mediático del terremoto decae lentamente porque así lo exigen los actuales cánones comunicacionales: los de masas, los de políticas nacionales y de interés social; pero la desgracia sigue allí… seguirá por mucho tiempo aunque todo parezca normal.
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| Esta foto la tomé 15 horas después del terremoto. algo del caos inicial había pasado y aun había shock. |
En esta época no escribí ningún comentario, artículo o “noticia”, me dediqué a publicar en mi cuenta de Twitter una gran cantidad de historias cortas en un promedio de 50 tuits diarios.
Allí están pero no son suficientes, ni nunca lo serán.
Tengo pendiente autorrelatarme públicamente lo que viví
aquella noche del 16 de abril del 2016, sin cámara fotográfica ni de vídeo,
tuiteando con lo poco de batería que le quedaba a mi teléfono y escuchando la
radio del patrullero que se apostó a la entrada del puente Papagayo en
Portoviejo, que ya había colapsado y por el que decenas de personas buscaba
pasar.
Esa noche fueron 98 tuits que alcancé a publicar, no se
sabía a ciencia cierta lo que había pasado, los rostros de incertidumbre y
lágrimas se vivieron con los vecinos, todos en las calles sin saber cuál era
nuestra realidad de Manabí.
En la radio que logramos sintonizar en los
autos, exactamente Caravana, fue la más datos arrojó en esos momentos, no hubo electricidad para la televisión y en ese escenario uno de mis
tuits de aquella noche fue el que más impacto entre mis seguidores:
Luego del amanecer del domingo 17, fui hasta el puente Papagayo, a mirar lo que la noche anterior nos había dejado estaban colapsados los accesos, allí fui uno de los testigos de un acontecimiento que me sorprendió y que luego de hacer las fotos, pensé que nunca publicar una de ellas porque pareció un absurdo; me equivoqué porque supe que allí estaba el mensaje oportuno:
El tiempo pasa, el shock de aquella noche está registrado en millones de memorias, se enfrió la urgencia y el murmullo mediático es, por suerte, aun audible pero que va generando grandes dudas ciudadanas; una de ellas, la mía, la dejé en el micro blog:
El sábado 14, regreso al lugar pude nuevamente ser testigo
de lo que allí se podía mirar y mucho pude fotografiar, pero hasta que no
llegué a casa y las miré en una pantalla grande no supe lo que captado; una de
esas fotos fue la del almendro en la calle Sucre y Rocafuerte, con un añadido
que ofrece Google Maps:
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| En esta captura de pantalla es posible mirar el lugar donde está el árbol cuando el Google Car recorrió Portoviejo. |
Me permito publicar otras tres de mis breves historias posteadas en mi cuenta Twitter pero usando las fotos originales que tomé:
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| Esta es otra de mis fotos que lleva como título "Contrastes post terremoto en Portoviejo" Tomada el sábado 14 de mayo del 2016, 29 días después. |
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| Entre hierros retorcidos y escombros siempre hay una señal de vida que viene de los ciudadanos. Tomada el sábado 14 de mayo del 2016, 29 días después. |
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| Reconocer la nueva imagen del centro de #Portoviejo solo depende de los letreros sobrevivientes y la memoria. Tomada el sábado 14 de mayo del 2016, 29 días después. |
Pero al final de esta primera crónica que sumo a mi blog, por ahora me queda la
incertidumbre y el misterio de aquellas historias de heroísmo ciudadano y los actos que nos avergüenzan como sociedad, plasmado en un mismo escenario.
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14 de noviembre de 2015
Cuando el pasado llamado “Calamidad” me llevó al piedrero
Desde hace un año llevo un lento proceso de recuperación de
mi tobillo en que el miedo fue uno de mis mayores limitantes, hasta que un
recuerdo ajeno por unas fotos me llevó hasta al el mejor de los sitios que
frecuento desde mi infancia. La sensación de ese miedo desapareció.
A consecuencia de un accidente deportivo, de tres meses de
recuperación y algunos más de rehabilitación, supe que mi tobillo no quedaría
igual a pesar de las previsiones realizadas por la fisioterapista. El miedo de
caminar por lugares “peligrosos” me mantuvo en una rutina de mirar cada lugar
en que pondría mi pie y si miraba riesgo, simplemente buscaba otro camino.
![]() |
| Vista de norte a sur de Puerto Cayo, al sur de Manabí. Al fondo el acantilado del piedrero. |
Una respuesta de esa magnitud necesitaba, quise, responder y
así lo hice. Las normales preguntas de cómo, cuándo y cómo así; la tuit
conversación avanzó por los senderos normales que usan dos tuiteros que se
siguen mutuamente y que, quizás, antes de ese día, nunca interactuaron.
Así me pasó con @Quitenamona, no recuerdo que antes de ese
día haya interactuado con ella, es parte de mi TL y sí la tenía presente, la
leía por sus interesantes y reflexivos aportes, a veces de la vida cotidiana y
otras del mundo en que vivimos; estaba allí, entre mis lecturas pero nada más.
“Calamidad”, como se hace llamar, me comentó algo de su
pasado en esa playa y, me aseguró en aquella conversación, que le gustaba ir a
un sitio en que había muchas piedras; sin pensarlo dos veces le dije el nombre
del sitio: el piedrero, frente al islote Pedernales, en Puerto Cayo, al sur de
Manabí (Ecuador).
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| Vista general del piedrero, al fondo a la derecha el islote Perdernales. |
En un misterioso acto transformador y sin pensar en
consecuencias, me comprometí con “Calamidad” a ir al día siguiente al piedrero
para hacer unas fotos y mostrarle como estaba dicho lugar, considerando que me
había comentado que desde hace mucho no había regresado a ese lugar de su adolescencia.
Fui, caminé al menos un kilómetro con tranquilidad por la
playa, la marea ya había bajado, y las grandes plataformas de piedras
sobresalían en el constante ir venir de las olas, la otra parte se dejaba
caminar; el miedo en mi revivió, decidí hacer de lejos las fotos prometidas…
sentí que no había razón para más.
Con cada foto me fui adentrando en ese mundo de piedras que
hasta hace pocas horas había estado bajo el mar, verdosas, resbaladizas y semi
secas.
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| Piedras verdosas y resbaladizas que complementan tan maravilloso espectáculo. |
Mis pies tanteaban las piedras antes de asentase, mi tobillo
reaccionaba con seguridad pero el miedo está allí y listo para ser vencido, le
di la oportunidad y fue ocurriendo con cada nuevo espectáculo que miraba y
quería fotografiar.
Durante casi 30 minutos estuve en este lugar, disfrutando de
la batalla que había ganado, mientras captaba algunas fotos. Me sentí seguro
sobre mi tobillo y pero no percibí ningún dolor.
Esta sensación de alivio me permitió no solo observar los
detalles del mar, de las piedras, de las olas del infinito horizonte marino,
sino también lo majestuoso de un acantilado que se le notaba sensible y fuerte;
por causalidad unas aves volaban frente a esas paredes… se deslizaban en miedo
del viento.
![]() |
| Casi no se ve el gallinazo flotando, pero allí está. |
Regresé sobre mis pasos, caminando sobre la arena, con
seguridad y sin esa esa sensación de titubeo que mucho tiempo estuvo
acompañando mis andanzas y despertares.
En este caminar de regreso a mi casa, en esos 20 minutos de
tranco fuerte y decidido sobre la arena, recordé las razones por las fui para
allá y de Calamidad Morales que sin saber nada había aceptado mi oferta de
pasarle unas fotos.
Frente a mi computador y con mi cuenta activa inicié el
proceso de subir las fotos ofrecidas a @Quitenamona, una a una con una mención,
pero al escribir no estaba poniendo simples palabras, puse en cada letra y cada
adjunto mi retribución por, sin haberlo planificado, haberme llevado hacia una
batalla que estaba pendiente. Fue la persona indicada, en el lugar indicado y
con los recuerdos indicados.
Crédulo de los mágicos acontecimientos de este mundo, hoy
doy pasos físicos que me dan señales que pronto mi tobillo pueda estar
totalmente curado. No por el piedredro, no por la caminata, sino por haber
aceptado las palabras de una actual desconocida que quizás en el pasado nos
conocimos en aquel lugar. Un misterio que no pienso desentrañarlo ni
cuestionarlo.
Con la última foto que le pasé para hacerle recordar una
parte de su pasado, simplemente me dijo: “…mil gracias de verdad.” Pero soy yo quien
está agradecido por el presente y futuro que medio @Quitenamona.
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